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( a Idaira, Mercedes, Pilar, Nieves, Moneyba, Laura e Iris de aquel
grupo de Comunión)
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“nadie tendrá disculpa/diciendo que cerrado/
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Halló jamás el cielo/si el
cielo va buscando.
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Pues Vos, con tantas puertas/en pies, manos y costado,
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Estáis de puro abierto/casi descuartizado.
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Hubo una vez un joven enamorado que fue a visitar un día a su amada. Llegó con el
corazón palpitante, rebosante de alegría hasta la puerta de su casa. Una vez allí, llamó suavemente. Desde dentro se oyó una voz:
-
¿Quién es?
Soy yo (respondió el joven enamorado)
Pero al momento todo se hizo al silencio y la puerta no se abrió. Pasaba el tiempo y nadie le abría. Poco a poco, el joven se fue impacientando hasta que, pensativo, decidió retirarse.
¿Por qué su amada no le abrió la
puerta?. Se preguntaba una y otra vez. ¡Serán los misterios del amor! ¿Por qué no le abría?. Tal vez no ha reconocido mi voz, se decía. Tras larga reflexión, el joven vuelve a llamar. Y otra vez
escucha aquella pregunta:
-
¿Quién es?
- Soy tú (respondió el joven enamorado). Y sólo entonces la puerta se abrió
Aquel 25 de mayo, día soleado como corresponde a esas
fechas en nuestra Isla, siete niñas, de cuarto de E.G.B., del Colegio de Pureza de María de Santa Cruz, se acercaban al altar de la Parroquia de San José para recibir al Señor por primera vez en
sus almas. En sus rostros se dibujaba una sonrisa de alegría. Sus ojos estaban fijos en las manos del sacerdote, D Luis portando el Cuerpo del Señor, quien las esperaba desde la eternidad. Poco a
poco, una a una: Idaira,... Pilar,... Mercedes,... Nievitas,... Moneyba,... Laura,... Iris,... contestaban, por primera, vez a las palabras del sacerdote:”El Cuerpo de
Cristo: ¡Amén!” respondían. Una a una, y así iban consumando ese abrazo tan esperado de Amor con el Señor, Jesús. Una a una, iban uniendo sus vida para la
eternidad a la del Salvador.
Quedaban atrás dos años de preparación y de
convivencia; donde paulatinamente fue creciendo una amistad que ha llegado a instalarse en los corazones de las niñas y del catequista. Una amistad que, para mí, va a perdurar durante mucho
tiempo, toda una eternidad. Pero ahora, tras ese día memorable, ya no sólo nos une aquella amistada que fue naciendo, creciendo, solidificándose; ahora nos une también Jesús,
que habita en nuestras almas desde aquel 25 de mayo. Quedan atrás meses de esfuerzo y de sacrificio, más para las niñas que para el propio catequista. Pues confieso sinceramente que he podido
trabajar con plena comodidad dentro de este grupo impresionante, cimentado sobre un terreno de fe ya abonado y laborado, bien moldeado, no sólo por quienes llevan a cabo la acción educadora en el
Colegio en el que se preparan, que es de auténtica garantía en todo lo que atañe a la formación religiosa y humanística; si no porque he podido observar, con gran satisfacción, la
exquisita colaboración familiar, tanto en la iniciación del despertar religioso, como en los valores educativos, tan necesarios hoy día, que han ido recibiendo no sólo estas niñas,
sino el resto del grupo que he tenido la infinita dicha de dirigir. Y es que cuando la familia se convierte en el primer núcleo de la catequesis, es muy difícil que esos valores que van
aflorando y afianzándose en sus almas se puedan destruir, a pesar de que gran parte de lo que rodea hoy a esta sociedad no ayude lo más mínimo al mantenimiento de los valores de
los que es poseedor cada persona.
Ahora, queridas niñas, está comenzando una nueva
etapa para vuestra joven vida. Desde ahora hemos de ser, tanto vosotras como yo, igual que el joven enamorado de la parábola, que llama a la puerta de su amada con insistencia, y no cesa
de hacerlo hasta que logra que la puerta se abra de par en par. Pero nuestro enamoramiento ha de ser diferente, de Jesús. Buscadle en todo momento; llamadle y pedidle, con insistencia, sin
miedo, sin temor a ser reiterativos: una y otra vez. Podéis estar seguras de que a Él le agrada la insistencia, y también podéis estar seguras de que Él siempre os va a escuchar. Dadle todo
aquello que más le agrada: la mejor cosecha de vuestras acciones (el estudio, la ayuda en casa, la obediencia a los padres, la ayuda a los demás...), y todo esto adornado por una
Comunión frecuente (por lo menos los sábados o domingos), y reforzado por la Oración, que embellece nuestras obras y nuestra relación con Dios; y, claro está, sin olvidar acercarnos
con frecuencia al Sacramento de la Penitencia que limpiará nuestra alma de aquellas faltitas que la deslucen. Y todo esto para ser unos con Jesús. ¡Señor¡ ¡Soy
Tú!
Desde aquel pasado día 25 de mayo, mis queridas niñas,
nuestra alma ha cambiado mucho, ahora es más importante. Ahora ya somos como los sagrarios de los templos, en donde Jesús permanece esperándonos (a veces ¡tan sólo!) para que lo visitemos, para
que nos acordemos de Él, para que acudamos a pedirle cosas, a contarle nuestras alegrías y nuestras penas, para pedirle consejos. Pero, eso sí, somos unos sagrarios muy especiales, porque
somos sagrarios vivientes, ya que cada vez que le recibimos en el Sacramento de la Eucaristía, Jesús pasa a vivir en nuestra alma, quedándose junto a nosotros, al calor de
nuestro corazón, y ahí permanece sin marcharse, mientras nuestra alma mantenga esa pureza e inocencia que solo tenéis vosotros los niños. Ahora podemos decir con más fuerza, con toda
la alegría de nuestra alma, vosotras y yo, y los tantísimos que le reciben en todo el mundo, aquellas palabras del joven enamorado: “ ¡Señor! ¡Soy Tú! ; Porque ya formas
parte de mi vida”.
¡Ahí tenéis a Jesús! Para siempre a vuestra
disposición. Para eso se quedó junto a nosotros hasta el final de los tiempos. Y su presencia en el Sagrario no es como si se tratara de un cuadro colgado en la pared para que lo
podemos observar de una manera pasajera, o de una imagen inmóvil, o de algo que representa a Jesús. Como dijo el sacerdote, está ahí realmente, verdaderamente (en Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad), a vuestra entera disposición. Y se trata del mismo Jesús que anduvo con los Apóstoles, el mismo que pasó haciendo el bien, curando enfermos, dando el don de la
fe a todos aquellos que junto a Él pasaban. Y está ahí haciendo lo mismo, curando, dando alegrías, devolviendo la fe a quienes la han perdido... Y está ahí, también,
para escucharos a vosotras y a mí.
Os acordáis de aquel pasaje de la Navidad, cuando María y
José buscaban posada. Llamaban puerta tras puerta sin que nadie les escuchara, sin que nadie les resolviera el problema del alojamiento, y María iba a dar a luz, faltaban pocas horas. En muchas
almas ese día de “Navidad” se repite casi cada día. Jesús llama a la puerta del corazón de los hombres y muchas veces no le escuchamos, no le abrimos nuestro corazón, le
cerramos las puertas y Él se queda afuera, en el sagrario, sólo, en la frialdad de este mundo. Ahora, vosotras y yo podemos abrirle nuestro corazón para que pase el Señor. Abridle con
esa sonrisa que os caracterizó durante el curso y que también me conquistó a mí. Pedidle mucho, pero también, no lo olvidéis, por vuestros padres que han hecho posible que esa unión con
Jesús pueda ser un hecho, y también por vuestras religiosas, que también os han acercado a Él con sus enseñanzas precisas.
Poco más que deciros. Gracias por vuestro cariño y por
vuestro excepcional comportamiento. Gracias a vuestros padres por su comprensión, pues ellos también merecen su buena calificación en este curso de catequesis, teniendo en cuenta que en muchas
ocasiones los catequistas no entramos en sintonía con los padres. Pero esta vez, me siento feliz. Esperaba mucho de vosotras, por eso os elegí cuando supe que algunas niñas de la Pureza de
María venían a nuestra Parroquia; y esta esperanza que tenía en vosotras sin conoceros la habéis superado con creces. Os felicito, porque además habéis dejado muy alto el pabellón de
vuestro Colegio. Nuestra Fundadora, Madre Alberta estará muy contenta con vosotras, pues como mucho amaba a Jesús, le agradará que sus niñas, vosotras, también le améis y le recibáis.
“Unámonos a Jesús... trabajemos únicamente por Él, abrazadas con su Cruz y alcancemos la corona” decía Madre Alberta. Seguid así.
Que Dios, La Virgen y Madre Alberta os bendigan y os
acompañen siempre, en unión de vuestras familias. Vuestro catequista y amigo que os quiere para siempre. Antonio