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MADRE ALBERTA

Por antonio tapia garcia
Friday 17 january 2014 5 17 /01 /Ene /2014 00:53

 

            " Que nuestro Colegio sea un hogar muy grande, con cariño para mucha gente " ( Madre Alberta ). ¿ Fueron aquellas palabras una premonición ?. Conocida la fe y el inmenso amor de nuestra Fundadora, no cabe duda que aquel " mucha gente " ya cruzaba fronteras en sus pensamientos. El corazón de esposa y madre de Alberta Giménez va a tener mayor amplitud desde aquel 23 de abril de 1870 : hacia las que serán sus nuevas hijas, las Religiosas de la Pureza de María; hacia aquellas jóvenes que desde entonces reciben una educación y formación integral y hacia aquellos que nos sentimos muy identificados con su fe, sus obras y sus enseñanzas.

            Aquel anhelo de Madre Alberta sigue íntegro. Desde que la Fundadora de las Religiosas de la Pureza de María iniciara su andadura, no sin antes haber sido forjada en el crisol de la fe y en el fiel cumplimiento de la voluntad del Señor, muchas son las puertas que se han abierto; muchos los corazones  que han recibido las Palabras perennes, por su mediación, de ternura y misericordia, de Luz y de Vida de Jesús de Nazaret; como también son muchas las personas que han hecho de su excelsa Madre, la Inmaculada  Virgen María, un fiel reflejo de sus vidas... pues en la Pureza y en  todo lo que desde ella se transmite se hace bajo una premisa válida y segura : todo por María, en María y con María hacia Jesús.

 

                                                          Y así, aquel Colegio inicial que pusieran bajo su dirección, es hoy aquel " hogar muy grande, con cariño para mucha gente", tal como Madre Alberta lo tenía proyectado dentro de su corazón y dibujado en su alma. Zaire, Colombia, Nicaragua, Venezuela, Italia, Francia ..., España, brillan no sólo con esa luz que surge de cada palabra del Evangelio, sino también con esa otra que nuestras queridas Religiosas de la Pureza de María portan como antorcha inextinguible y con aquel mismo espíritu que caracterizara a Madre Alberta. " Debemos hacer cuanto esté de nuestra parte para llevar nuestro ejemplo, tanto a las niñas como a las demás personas, al servicio del Señor ".

 

                                                           MADRE ALBERTA 2

                        La obra de Madre Alberta que se extiende allá de las fronteras, tiene también parte sumamente importante en nuestra nación. La semilla que Dios plantara aquel 6 de agosto de 1837, fue germinando paulatina y progresivamente hasta ser aquel roble fuerte de fe y obras capaz de cargar sobre si con tan magna misión. Nuestras Islas Canarias también se han visto bendecidas por el Señor, mediante la obra fecunda de Madre Alberta, donde muchas jóvenes, desde hace setenta y cuatro años, reciben una formación y educación que, vuelvo a repetir, "imprime carácter", como solamente imprimen carácter  aquellas verdades transmitidas y que perduran siempre jóvenes con el paso del tiempo.

            La labor comenzada por Madre Alberta, hoy hace ciento treinta y nueve años germinó desde un principio. Por un lado las vocaciones de tantísimas jóvenes que enamoradas de las palabras y de la vida de Jesús de Nazaret, del ejemplo de nuestra dulce Madre, María Inmaculada y de la obra y enseñanzas de nuestra Fundadora optaron por aceptar aquella invitación que Jesús día a día nos hace : ¡ Ven y sígueme !. Cuya exquisita preparación espiritual y humana, son unos de los pilares sobre los que se fundamentan, además del cariño, la alegría, el buen gusto, el trabajo bien acabado ...

            Pero tampoco puedo olvidar aquí ese otro pilar tan importante como es el de la juventud que crece y se forma en los Colegios de la Pureza de María, jóvenes que mantienen con firmeza, orgullo y con valentía todas aquellas enseñanzas que día a día reciben o recibieron en su etapa de Colegio. Enseñanzas que arden como fuego también inextinguible en sus jóvenes almas  y que transmiten con aquel cariño, alegría, agrado, esmero que caracterizara un día a nuestra fundadora, después a nuestras Religiosas, como solo son capaces de hacerlo las jóvenes y mujeres que no han perdido el sentido de lo femenino y que en su estilo de vida y en su forma de ser desconocen lo chabacano, lo grosero, lo soez y lo descortés. Jóvenes que son testigos de la fe y de los valores que ennoblecen al ser humano. Jóvenes que se hacen respetar y querer no sólo por  sus catequizandos, sino también por quienes como ellas  compartimos esa ideal y maravillosa misión de dar continuidad en las almas  de niños y jóvenes a Jesús de Nazaret.

 

            El espíritu de estas jóvenes camina sobre la huella marcada por Madre Alberta. Sus bases fundamentales, las que deberíamos tener todos los cristianos, pues para eso lo somos y no para lo fácil, lo que cuesta poco... : Amor a Jesús Sacramentado; devoción a la Virgen, Eclesialidad; espíritu de superación; espíritu de familia, Dedicación a la tarea educadora.... Son ni más ni menos que los frutos de un mismo árbol; los frutos que engrandecen una gran misión,  aquella que un día el Señor encargara a Madre Alberta para el bien de la humanidad entera, una humanidad que en gran parte camina triste y quejumbrosa.

            Quiera Dios, que muy pronto nuestros ojos, cansados de tanta miseria,  puedan ver con alegría esa buena nueva tan esperada para la gran familia de las Religiosas de la Pureza de María y que no es otra que la beatificación de una esposa fiel, una madre ejemplar  y una Fundadora que llevó a buen puerto la misión encomendada y a quien el Papa Juan Pablo II reconoció ya las virtudes heroicas de su vida.

 

Por antonio tapia garcia
Thursday 16 january 2014 4 16 /01 /Ene /2014 00:41

 

MADRE ALBERTA 2 

 

            A lo largo de mi vida he tenido ocasión de conocer gente bien, gente auténtica o como se dice ahora " gente diez ", de esa que deja el corazón de uno sembrado, no de buenas intenciones, que esas se deslíen " cual se deslíe en un sonreír la lágrima " como cantaba desde su alma nuestro insigne poeta, sino de verdaderos compromisos de vida, de ganas de luchar por aquello en lo que uno cree y siente, de fuerza para desechar el lastre adquirido y que tanto nos impide, en su plenitud, ver la grandeza de un Dios que es Padre a la vez. Gente que, en fin, es la mitad de mi alma... la parte buena.

 

            Tal vez, porque estamos acostumbrándonos peligrosamente a un mundo donde todo se materializa (¡hasta el mismo amor!), donde el egoísmo trata de apagar la sonrisa de los niños, que son la expresión del amor de Dios hacia la humanidad; donde  la sinrazón trata de culpabilizarle a El de las injusticias, de las guerras, del hambre...con un "¿por qué nos manda esto Dios? ¿ qué hace Dios para solucionar tanta desgracia?"; donde  la insolidaridad hace que cada vez más se desdibuje  de nuestra alma el sufrimiento de los demás, convirtiéndonos nosotros en el centro de nuestra propia historia ..., tal vez, por todo esto y por mucho más, pueda  ser difícil creer que existen personas que trabajan  y se mueven por ¡ AMOR !. Pero un amor tan diferente, tan distinto, que está purificado en la llama de la fe cristiana y forjado en aquel otro más sublime y sin igual: el de Jesús de Nazaret.

           

            Y qué ejemplo más válido que el ofrecido por las Religiosas de la Pureza, herederas y continuadoras de la obra de Madre Alberta; el de sus jóvenes Novicias y Postulantes; el de aquellas otras jóvenes que finalizada su etapa colegial prosiguen su acción de apostolado en el seno de los colegios de la Congregación o dentro de las diferentes Parroquias de la diócesis.

 

            “Yo sé de un himno gigante/que anuncia a la noche del alma una aurora/ y estas páginas son de ese himno “. Nosotros los cristianos conocemos un himno que anuncia una aurora de luz luminosa, inextinguible que surgió hace dos mil años en un humilde portalico, en Belén: Jesús.

 

            Hoy cuando todo parece envolverse en una densa niebla que cala hasta el misma alma, haciendo cobrar más fuerza el desencanto espiritual que trata de ahogar  aquella luz que nos trajera la estrella de Belén..., hoy, precisamente hoy, en nuestro propio siglo surgen y siguen surgiendo razones para la alegría y razones para la esperanza, pues como nueva estrella surca el firmamento fijándonos con su ejemplo de vida el camino hacia nuestra Patria definitiva: Madre Alberta.

 

            Hablar de Madre Alberta es hablar no de una estrella fugaz cuya estela se pierde en el espacio. Hablar de Madre Alberta es hablar de una estela permanente, firme y luminosa; es hablar de un espejo en donde mirarnos; es hablar de aquella piscina de Betesdá en  la que todos tenemos cabida y en cuyas aguas todos podemos limpiar las heridas e impurezas ocasionadas por el pecado.        “Dios me amó hasta lo infinito (se humanó, vació, vivió, padeció innumerables dolores, y últimamente murió en un patíbulo por mí)  ¿Y no rebosará mi corazón en el amor de Dios?"  Madre Alberta se mueve por amor y con amor; aquel mismo amor que nace de cada palabra del Evangelio, el mismo que derramó el Señor desde la Cruz; el mismo que día a día sigue brotando de su amantísimo corazón y que nos da a pesar de nuestras continuas  traiciones, increencias, dudas e incomprensiones.

 

            Madre Alberta torna a Dios el amor que dé El recibe, adornado con la sonrisa de nuevas almas que han recibido, a través de su obra y de su vida ejemplar, la Luz de la Buena Nueva, la esperanza de un mañana sin fin en la gloria del Padre sin hacer distinciones de raza, estamento social... a todos ama con el mismo cariño y con la misma intensidad. "Salvemos si podemos un alma; esto es más que dar de limosna muchas riquezas”. Es, pues, un amor que late en su corazón de madre y por tanto ¿quién mejor que una madre para poder repartir un amor sin distingos, sin limitaciones? ¿Quién mejor que una madre que ama a ejemplo de esa otra madre que nos tomó por herencia al pie de la Cruz? ¿Y no se hizo, Madre Alberta, al aceptar aquella misión que el  Señor le encomendara,  una poca madre nuestra, también?

 

            “En esto conocerán que sois mis discípulos “, dice el Señor. Y va a ser este amor el que hará que Madre Alberta supere todas y cada una de las dificultades que irán surgiendo a lo largo de su vida hasta el final  y todo  con plena disponibilidad, " lo que Dios dispone es lo que me conviene " (10). Amor y sumisión a su Divina Voluntad, una combinación de virtudes que encaminan muy ciertamente a la santidad. Mientras, en los momentos de dificultad y dureza, Madre Alberta se mira en el espejo de su Maestro amado y responde con inagotable amor, el mismo que transmitió y se sigue transmitiendo de generación en generación dentro de la Congregación de las Religiosas de Pureza de María.

 

            “Trate con santa alegría, con cariño y con dulzura a todo el mundo " (11). estas mismas palabras pronunciadas por  Madre Alberta, nacidas de un corazón amante, permanecen hoy frescas como rosas recién nacidas y se trasmiten como el más preciado de los tesoros.  ¿No es en estas palabras donde se encuentran las llaves capaces de abrir las, tantas veces, puertas infranqueables del corazón humano?

 

            He tenido ocasión de comprobar, con motivo de dos visitas realizadas al Colegio y al Noviciado de Pureza de  María, en Barcelona y en  las ocasiones en las que he sido atendido, aquí, en Tenerife, que esa alegría, el trato cordial, el buen gusto en hacer las cosas, el cariño... de los que en otras ocasiones he escrito o comentado, son hechos reales como la vida misma y no son frutos de la casualidad o de un momento dado. Las atenciones, el afecto, la amistad y el cariño, en las estancias en Barcelona, hicieron que realmente me sintiera como en mi propia casa y al calor de mi propia familia. Cada paso se traducía en recibir ese Amor y ese cariño que Madre Alberta  supo inculcar  y transmitir con  acierto sobrenatural.

 

 

            No cabe duda, tampoco, que ese trabajar por Amor y con Amor en Pureza de María, esa disponibilidad, esa felicidad que he encontrado personalmente, y que tantísimas otras reciben cada día tienen una base fundamentalmente sobrenatural que las eleva y engrandece, ya que es producto de la gracia, de la íntima unión con Cristo como consecuencia de una verdadera vida eucarística  y de oración, de santificación del trabajo diario, base y eje de la vida cristiana ( no hay otra vida cristiana que se derive por un camino distinto a éste ), y que fue una constante de nuestra Fundadora, Madre Alberta.

 

 

Por antonio tapia garcia
Wednesday 15 january 2014 3 15 /01 /Ene /2014 00:28

           

El 16 de octubre de 1922, iniciaba su andadura en Santa Cruz de  Tenerife, el Colegio de la Pureza de María, perteneciente a la Congregación de  Hermanas de la Pureza de María Santísima, que el 1 de Mayo de 1870 pusiera en camino nuestra Fundadora, Madre Alberta y cuyo germen comenzó a fecundar mucho antes, el 6 de agosto de 1837, cuando nace la pequeña Alberta Giménez. Y es que dios, aunque a nosotros  nos parezca lo contrario, no comienza su obra a mitad del camino, sino desde el principio del mismo. Así ocurrirá con la magna obra que, desde toda la eternidad, ya había encomendado a nuestra Madre; pero una obra a la que faltaba algo primordial, el SI de la Madre, como señal que Dios cuenta con nosotros y que jamás rompe nuestra libertad. Un SI que dará el 23 de abril de 1870, cuando es nombrada Hermana del real Colegio de la Pureza de Palma de Mallorca. Un SI, con el que Madre Alberta se ejemplificará a María, nuestra Madre común, a la que tanto amó en vida, un amor que va a inculcar en sus hijas en sus alumnas; y con su SI a D Bernardo Nadal, Obispo de Palma, repetía a Dios aquellas palabras de María al Ángel durante la anunciación “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38).

 

Madre Alberta, descubre en la propuesta del Obispo de Palma los designios del Señor y accede humildemente a tomar las riendas de aquel Colegio inicial de la Pureza que se desmoronaba y que nadie quería cargar sobre sus espaldas. La Madre  dijo SI al  Señor para levantar y encauzar aquella obra que se desmoronaba, pero que luego cruzará fronteras. Madre Alberta, mujer fuerte de fe, enamorada de Cristo  Crucificado, junto al que ya subió con la Cruz del dolor  a lo más alto del Calvario, apuesta por el Señor, aceptando con humildad y obediencia su Voluntad, sin mirar las dificultades, las contradicciones, los obstáculos, los sufrimientos, el dolor, las incomprensiones, ni tampoco, pues no iban a faltar, los ataques furibundos que iba a recibir de los enemigos de la fe en aquel tiempo.  Madre Alberta, cuya vida es cada página del Evangelio y una lección viva de catequesis, nos enseña a confiar en el Señor, aún cuando las dificultades sean extremas, y tomando la Cruz, va y sigue al Maestro, “el que no toma su cruz y me sigue no podrá ser discípulo mío” (LC 14,27); y se pone en camino hacia la tierra que te mostraré” (Gn 12,1).

 

Cuando aún el Colegio de la Pureza de María  del  Puerto de la Cruz no llevaba un año de funcionamiento, nuestras Islas se ven bendecidas otra vez con la llegada de nuevas  religiosas de la Pureza, para establecer un nuevo Colegio; esta vez en  Santa Cruz de Tenerife, la Capital. Era por entonces Obispo de la diócesis, D Gabriel Llompart, que más tarde lo será de las diócesis de Gerona y de Mallorca. Era un entusiasta de la obra de Madre Alberta y su ayuda va a ser de grandísima importancia. Un  Colegio, que como describen las crónicas, iba a quedar pequeño muy pronto, dado el arraigo y la solera que en pocos años había conseguido; el estilo de vida, la educación, el crecimiento espiritual y el buen aprendizaje de las enseñanzas humanas marcaban un hito, y que hoy día se mantiene en su línea constante. En el año 1925 se adquirirá un solar donde poco a poco irá creciendo el nuevo Colegio. La fundación de un nuevo Colegio agradaba a la Madre, cuya salud era ya extremadamente delicada, y así describe uno de los biógrafos más importantes que la obra de la Madre ha tenido, D Bruno Morey quien cuenta como se le alegraba el corazón a la Madre cada vez que le traían noticias acerca de la nueva fundación y además: “la idea albertiana, que nada había desmerecido con la vejez de la Madre, y que se mantenía viva y cálida, capaz y generosa, acababa de arraigar profundamente en aquellas tierras atlánticas, por las que ahora proliferaba y retoñaba en la ciudad de Santa Cruz

 

 

Que nuestro Colegio sea un hogar muy grande y con cariño para todos”, decía la Madre. El amor que sentía por todas las almas y hacia todas las almas, hicieron que en lo más intimo de su corazón se proyectara un deseo, un lugar amplio, donde poder depositar con amor de Madre todo el cariño que hacia ellos sentía, sabia cuanto amor faltaba y hacia desgraciadas a tantísimas almas; y ella quería darlo, pues aunque en todos veía reflejados a Dios, con más fuerza lo veía en aquellos que sufrían por cualquier causa. Y así va entregar un amor que romperá fronteras y distancias,  aunará colores y credos, igualara estamentos sociales, fortalecerá culturas... hay cariño para todo y para todos. Y con un corazón indiviso, característica de las autenticas madres, su obra se irá extendiendo: Mallorca, Valencia, Canarias, Bilbao, Barcelona, Madrid, Roma, París, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Zaire... “mira el cielo, y cuenta si puedes, las estrellas. Pues así será tu descendencia” (Gn 15,5). Muchas son las almas que desde aquel 1 de mayo de 1870 han recibido en los Colegios de la Pureza de María no solo la Luz de la Buena Nueva que nos trae el Evangelio, sino también una preparación humana y científica para un perfecto servicio a Dios y a la sociedad de cada momento; pero además,  han hecho posible, en lugares marginales, que existan garantías de esperanza de alegría y de saluda que antes no existían. Pureza de María, porta la llama de la solidaridad para con un mundo que terriblemente hemos olvidado. “Salvemos si podemos un alma; esto es más que dar de limosna muchísimas riquezas”, decía la Madre; y este salvar un alma significa también devolverle la alegría, ofrecerle la esperanza de un mañana, arrancarle de la soledad y el olvido, ofrecerle unos conocimientos que le dignifiquen...

 

No es, La Pureza de María, una obra donde solo cabe la cultura fría de un aula. Pureza de María, es algo más hermoso, poético y hasta romántico, es una realidad que nace de un corazón amante. Pureza de María ha sabido aunar, lo que otros pretenden separar, Fe y Cultura, dando con ello más vigor y autenticidad a la enseñanza, haciendo posible que ésta, como nuevo sacramento, imprima carácter manteniéndose imborrable en alma, corazón y mente del alumnado. “La maestra esparcirá semilla abundante en el más extenso campo, tal vez en toda la población, semillas que, envolviendo el germen de otros, habrá de dar por mucho tiempo optimo y provechoso fruto”, decía Madre Alberta, y una vez su visión de futuro era de una claridad que impresiona. Quienes somos testigos expectantes de esta obra podemos dar fe de cómo se cumplen estas palabras, como también hoy aquellas palabras que una antigua alumna de la época decía al hablar de la Madre: “Recibí una educación muy religiosa, precisamente de la Madre. Aprendí a a conocer a Dios, a mar, a aprender la santidad”, y eso quiérase o no, no se  olvida, por mucho que intentemos matar la conciencia o renegar de nuestro pasado. Es un sello imborrable, pero también una tabla de salvación, cuando el alma dormida despierta de la noche oscura que en ocasiones atraviesa la fe.

 

 

Pero no se podría entender la obra de  Madre Alberta, y continuada por  nuestras Religiosas de la Pureza, si en éstas no descubrimos ese amor que hemos mencionado, pero además, la caridad, la generosidad y la entrega evangélica, virtudes que conforman el ser del autentico cristiano  y uno de los fundamentos básicos de la obra, ya que las Religiosas de la Pureza, animadas por ese espíritu que emana del evangelio y del que tanto nos habla últimamente el Papa Juan Pablo II, escuchan como Abraham el mandato del Señor: “Sal de tu tierra, y de tu parentela y de la casa de padre y ve a la tierra que te mandaré”(Gn 12,1), y con ese espíritu que les caracteriza, el mismo que manara del corazón de la Madre “siempre tranquila, siempre alegre, siempre sumisa la guiará a Ud. Jesús”, parten de sus casas, de sus familias, de su patria para darse por entero a aquellos que sufren, que  padecen, que permanecen en el olvido, sin que  de sus labios se desdibuje la sonrisa, con el ánimo siempre muy alto, “con santa alegría, con cariño y dulzura para todo el mundo”. Tal era el talante de nuestra Fundadora, tal es la finura con la que trabajan nuestras religiosas. El espíritu de la Madre se mantiene vivo en las religiosas y en aquellas jóvenes que enamoradas de su obra continúan  unidas de una u otra forma a los Colegios de la Pureza.

 

Quiero una vez más recordar aquel año 1993, bendiciendo aquellos momentos, cuando por primera vez entre en el Colegio de Pureza de María, invitado a una oración penitencial, en el corazón de la cuaresma, y de la que salí fuertemente reconfortado. Fue aquella tarde misma, cuando  por primera vez oí hablar de Madre Alberta, su vida como estudiante, como novia, como esposa y madre, su camino del dolor, como Fundadora; y me llamó la atención  el énfasis y la unción que mi interlocutora ponía en cada palabra, y el cariño con que pronunciaba el nombre de aquella Madre. Poco después, aquella historia de amor, de entrega y de fe me iba cautivando, viendo reflejado en los resultados del alumnado una obra majestuosa y que mantenía el frescor inicial, haciéndome sentir igualmente conquistado, como aquella joven interlocutora, que hoy vive feliz sirviendo a Cristo dentro de la Congregación de la Pureza de María. Pero además conquistado por sus gentes y por los resultados que para la fe y la sociedad suponen. Desde entonces, son muchos los recuerdos que guardo y que trato de trasmitir y de compartir con los demás. También han sido muchísimas las atenciones recibidas, así como el cariño y el afecto dispensado, y es que el espíritu de la Madre  vive con la misma intensidad “trate  con tanta alegría, con cariño y con dulzura a todo el mundo”.

Sírvanme estas líneas para unirme a las tantísimas voces de esta capital santacrucera en la celebración del 75 aniversario de la fundación del Colegio de la Pureza de nuestra Capital. Un colegio que no está en exclusiva al servicio único de la enseñanza, sino al de Dios y la sociedad canaria, en una labor diaria, hasta  alcanzar  cotas altísimas en la historia de la educación. 75 años repartiendo amor y cariño a todo el mundo.

 

Muchas felicidades a las Religiosas de la Pureza por su entrega diaria en esta difícil misión, sin bajar la guardia y superando cada año el listón del anterior. Muchas gracias porque al inculcar en el alma las jóvenes alumnas el amor a Jesús Sacramento, a María, la fidelidad al  Magisterio de la Iglesia, el afán de superación diaria, espíritu de familia, espíritu de trabajo y amor al prójimo, nos hacen atisbar un futuro donde volverán los valores que en las últimas décadas se han ido perdiendo.    Muchas felicidades a vosotras, las antiguas alumnas, que habéis continuado unidas a las Religiosas y al Colegio, en una labor de encomiable apostolado, sabedoras que las alumnas que viniendo detrás son el futuro de un mañana feliz, y que son las que han de recoger el testigo de manos de vosotras. Es un rasgo de amor y de entrega que ciertamente el Señor no olvidara. Muchas felicidades,  a las jóvenes que continúan su aprendizaje en el Colegio, y a aquellas que como consecuencia de las enseñanzas recibida comienzan a despuntar en las tareas y con inquietudes de apostolado. En el deseo que sepan aprovechar esta ocasión que el  Señor les ha dado, para obtener una exquisita formación tanto humana, como espiritual.    Y como no, recordar a aquellas Religiosas y alumnas que habiendo cumplido la misión para la que el Señor las llamó, han partido a los brazos de Padre Dios, como premio merecido a su fe y sus obras. Un recuerdo que no debe quedar archivado, sino  debemos hacerlo patente, siguiendo las huellas que nos marcaron, pues es  camino seguro de salvación. Gracias Pureza de María, gracias con todo el corazón. Que Dios les bendiga y siga bendiciendo esta obra. Gracias, pues su obra, su buen hacer y su presencia engrandecen a la sociedad. Con cariño, respeto y admiración.

Por antonio tapia garcia
Tuesday 14 january 2014 2 14 /01 /Ene /2014 00:03

MADRE ALBERTA 2

 

            Nace Alberta Giménez el 6 de agosto de 1873, en  Pollensa, en el seno de una familia cristiana. No, no se trata de una frase hecha. Cuando al describir, como en este caso, la vida de nuestra fundadora, se hace hincapié en el hecho de nacer en el seno de una familia cristiana, no  con una intención meramente descriptiva que pudiera definirnos una situación o un ambiente de una forma pasajera, sino para recalcar un hecho que va a ser fundamental en la vida de  Madre Alberta. Por ello, es preciso recordar a sus padres, Alberto y Apolonia quienes van a marcar e inculcar un camino a seguir: el de la santidad.

            Nacer en un hogar cristiano como fue del de Madre Alberta, como lo es el tuyo o el mío, no significa únicamente nacer en un hogar de padres bautizados, que los hay y muchos,  pero también los hay en los que se ha perdido la llama de la fe. El Bautismo no hace al cristiano, sino que nos hace cristianos, hijos de Dios, miembros de la Iglesia... cuando ponemos a caminar lo que recibimos ese día: la fe y la gracia, ayudados en los primeros pasos por nuestros padres.  Por eso, el cristianismo, nacido del Bautismo y echado a caminar, es un estilo y un compromiso de vida a semejanza del de Jesús; tal vez, con la diferencia que nuestra Cruz no va a ser como la de Él, pero sí  que no van a faltar esos momentos fuertes que de vez en cuando asoman al camino de nuestra vida. Nacer en un hogar cristiano no es detenernos en ese día memorable, sino ir más allá,  lanzarnos a caminar, como lo hizo Madre Alberta,  con  el norte puesto en la dirección que el Señor nos marca.

            Por eso, al decir que la niña Alberta Giménez nace en un hogar cristiano, es porque  en él (por la acción de los padres), no se detuvo el manantial de gracia y de fe que recibiera aquel 7 de agosto de 1873. Y es aquí, en el hogar, de labios de  sus propios padres, Alberto y Apolonia,  donde va  a iniciar los primeros pasos hacia ese Padre que desde la eternidad la había llamado para conducir una obra de amor, de caridad y de enseñanza.

            El contacto de Madre Alberta con Dios no va a ser sólo un contacto teórico ni memorístico, donde va a escuchar: ¿quién es Dios?, ¿cómo es Dios? ¿Es Dios nuestro Padre? ... sino que a estas enseñanzas de sus padres le van a acompañar hermosos ejemplos de vida. Y así, poco a poco,  comenzará a tratar al Señor como Padre, como amigo, como confidente y a vivirlo con intensidad, con  mucha oración junto a  las obras; después, llegado el momento se preparará para recibirlo, tal como es, en su alma, mediante el Sacramento de la Eucaristía e irá perfilando, al mismo tiempo,  una norma de conducta y de comportamiento ante los demás.

            Estas experiencias de  Dios, la  niña Alberta  Giménez, las va a recibir en la mejor escuela de catequesis   : la familia. Ahí Dios no se teoriza, ni queda oculto entre las páginas de un viejo catecismo, sino que se práctica, se vive y se siente bajo la atenta mirada de unos padres que han transformado el hogar en aquel otro de Nazaret. “La familia cristiana debe ser considerada como cauce catequético de importancia primordial, en cierto modo insustituible " (19).

            ¿Podría decirse que la obra de Madre Alberta comenzó mucho antes? Tal vez, pues va a ser en el seno de aquella familia cristiana desde donde el Señor va a ir puliendo, por mediación de sus padres, el alma de aquella niña de " privilegiado talento, clara inteligencia..." (20) ,  a la vez que nos va hablando con un lenguaje humano acerca de la importancia de la familia, de la necesidad de la intervención  insustituible  de los padres en la educación espiritual, moral y humana de los hijos. La vida de Madre Alberta  es autentica enseñanza desde sus comienzos.

            “El primer ambiente natural y necesario de la educación es la familia... " (21) y la Iglesia reconoce insistentemente en esta necesidad de la catequesis familiar ya que en ella se produce : "  El deportar religioso del niño, la iniciación en la oración personal, la educación de la conciencia moral y la iniciación en el sentido cristiano del amor, el trabajo y la convivencia " (22)  .

            La acción formadora y educadora de los padres de Alberta Giménez fue fundamental  ya que ellos con sus enseñanzas y  con su ejemplo fueron extendiendo esa base firme y segura sobre la que luego, Alberta joven, novia, esposa, madre, religiosa y fundadora, va a ir poniendo los cimientos hasta alcanzar la cumbre  a la que fue llamada por el Señor: la santidad.

 

              Por eso no debe pasar en blanco la vida de Apolonia y Alberto, quienes al igual que muchos padres supieron y saben asumir esa autentica paternidad responsable de  la que tanto se nos habla hoy.  Ciertamente este mundo está necesitado de muchos Apolonios y Albertas que sepan inculcar a la juventud venidera los valores que se han ido perdiendo y los que desde todos los frentes se van derribando del alma humana. Y también muchos Apolonios y Albertas que sepan cumplir con fidelidad aquella frase que estudiábamos de pequeños de " criar hijos para el Cielo " y que no es otra cosa que educarlos en la fe, desde la familia primero, al calor de la Parroquia, después.

            Pero aún queda mucho camino que descubrir en esta mujer fuerte de fe, Madre Alberta :  su vida de oración, su intenso amor eucarístico, su celo apostólico ... ¡ y cómo no ! el amor a la Madre, María Inmaculada que en palabras de ella nos dice : " ¡ Que nuestra purísima Madre, sea el imán de nuestros corazones "

Por antonio tapia garcia
Monday 13 january 2014 1 13 /01 /Ene /2014 00:00

 

            Creo que echar una mirada hacia atrás sirve para ver las raíces de nuestro presente. Eso sí, una mirada hacia atrás que no nos encadene al pasado, ni tampoco sirva para huir de la realidad del presente en  que vivimos, el hoy.  Decía el padre José Luis Martín Descalzo: " Yo no diré que no haya un pasado que sirva para algo. Sirve en tanto en cuanto ilumina el presente, en tanto en cuanto que es manantial de futuro. Es decir,... en la medida que se torna acicate y no añoranza ".

 

            Me pregunto, si no pudiéramos mirar hacia atrás ¿de qué serviría la vida de los santos?, ¿de qué, la de aquellos que nos han precedido y han tejido una huella de santidad con su vida, con sus obras, con su ejemplo?, ¿de qué, la de aquellos que con su quehacer diario han ido quitando las piedras de nuestro camino para facilitarnos la marcha?, ¿dónde estarían los espejos en que mirarnos?

                               MADRE ALBERTA 2
Por eso, cuando escribo o comento, como en este caso, sobre Madre Alberta o  de lo que he podido ver acerca de  Pureza de María, hecho una mirada hacia atrás para poder revivir aquellos momentos en los que comenzaba a sentirme un espectador apasionado de una obra y de unas gentes donde todo se traduce en alegría y cariño, como oración elevada al Creador; donde la enseñanza ocupa un lugar primordial, convirtiéndose  en una forma más de hacer oración. Y todo ello bajo el signo del amor, pues así eran las premisas de la Fundadora: "Con cariño para todos”.

 

            Ahora veo que lejos en el tiempo, no en el corazón, quedan aquella tarde en la que por primera vez atravesé los umbrales del Colegio de la Pureza de María, en  Tenerife, para asistir a una oración penitencial que preparada por las jóvenes de FOC, con finura poética, invitaba a que el alma se aquietara en un remanso de paz espiritual. Fue aquella misma tarde, también, en la que por primera vez oí hablar de Madre Alberta; de como supo llevar sobre sus hombros la triple misión que el Señor la encomendara  : como maestra, pues su forma de aplicar la docencia va a marcar un hito en aquel momento hasta nuestros días, convirtiéndose además en un medio de santificación; como madre, desde donde se elevará en varias ocasiones a la Cruz del sufrimiento sin  dar un paso atrás, sin que la sonrisa en su rostro ni la fe en su corazón y en su alma se desdibujaran lo más mínimo, y así dirá más tarde :" seguiré constantemente sus huellas y no le abandonaré "; como Fundadora, después, de una obra que hace alcanzar los ojos de Dios allá de las fronteras. O aquella fiesta misionera de Kafakumba, donde pude sentir el aire fresco y la caricia de la esperanza de un mundo mejor, reflejado en una juventud alegre y sana.         Muchas veces el corazón humano,  indeciso, deshoja la margarita del " sí quiero ", "no quiero", " ahora sí "... y abandona posiciones y metas que un día se había propuesto conquistar; por eso, que lejos de imaginar que casi tres años después iba a continuar cautivado por el contenido trascendental que emana de la obra de Madre Alberta, que al paso de los tiempos ( y a pesar  que éstos , últimamente, no han sido nada fáciles para quienes se mantienen firmes del lado de fe), continúa avanzando con el mismo ritmo y con la misma esperanza que ayer : " ¡ Confianza y ánimo ! ", que decía nuestra Fundadora.

 

            Como tampoco podía imaginarme que un día iba  a encontrarme, por unas horas inolvidables, en el mismo corazón de  Madre Alberta; allá donde fluye la savia fresca de la fe, del amor y de la entrega a Cristo y a la Iglesia con el mismo entusiasmo que manara del corazón de aquella madre ejemplar desde aquel primero de mayo de 1870 en que tomó las riendas de una obra que habría de levantar desde los mismos cimientos.  Un corazón que late con latidos de amor de Dios y con la ternura de nuestra madre amantísima: María Inmaculada,  que bendice  cada paso de esta  misión y que hoy prosigue incansable la  Reverenda Madre  General de la Congregación de Pureza de María. Un corazón desde donde se labra no sólo el futuro de la Congregación sino también el de tantísimas almas que día a día, aquí y allá, reciben una sólida formación cristiana que permanece imborrable como nuevo sacramento y una adecuada formación humanística que contribuye y contribuirá a un mejor servicio de nuestra sociedad a la que engrandece y dignifica.

 

            Por eso, hacer un alto en nuestro ajetreado camino y mirar atrás con humildad, deteniéndonos en la vida de los santos es necesario, no sólo por un fin que nos lleve a enriquecer la cultura, sino, esencialmente, para poder tener en cuenta los aspectos de sus vidas, las características espirituales y humanas con las que, con la ayuda de Dios, fueron poco a poco labrando el ideal de santidad al que hemos  sido llamados, tu y yo , desde el Bautismo y que Cristo nos recuerda : "  Sed, pues, perfectos como  vuestro Padre Celestial es perfecto".

Por antonio tapia garcia
Sunday 12 january 2014 7 12 /01 /Ene /2014 07:00

Cuando el Señor, desde el Monte de las Bienaventuranzas, maravilló a las multitudes que escuchaban aquel programa de vida, de amor y de entrega a los demás tan distinto de aquel otro al que estaban acostumbrados, y que sigue maravillando a quien  hoy escucha su voz y lee su palabra, nos estaba implicando  a recoger  el testigo de sus enseñanzas para que, haciéndolas madurar en nuestra alma pudiéramos transmitirlas a todos aquellos que, por motivaciones diversas, no han podido recibir el tesoro preciado de la fe. “Vosotros sois la sal de la Tierra “)... " Vosotros sois la luz del mundo " ... " Alumbre así vuestra luz ante los hombres ".   El ser cristiano no iba a ser un mero título alcanzado por un seguimiento a distancia de su palabra, sino una actitud  y un estilo de vida, un corresponder a la gracia y a los dones recibidos, pero también un compromiso serio de compartir aquí y allá del mundo todo aquello que hemos recibido.

 

El señor nos prepara el programa por el que deberíamos guiarnos. Hoy que tanto nos gusta preparar programas, reuniones, papeles y más papeles. Y algunas veces tanto tiempo perdemos con ellos: escritos, copias, fotocopias. El Señor nos lo prepara, el Señor nos lo explica y queda recogido en los Evangelios, solo queda seguirlos, son como la brújula que nos enseña el norte, por el que no nos habremos de perder. Y allí estábamos nosotros, escuchando aquellas nuevas palabras, impactantes, directas, llenas de cariño y de la ternura de quien nos quiere dar lo mejor: la salvación, la Buena Nueva, la instalación del Reino de Dios en el corazón del hombre, de cada hombre. Desde ese entonces, ha habido muchos claros ejemplos de personas que se sintieron empapadas por aquella llamada del Señor: Francisco de Asís, Francisco de Javier, Gema, Juan Bosco, Juan Bautista, Teresa de Jesús, Margarita…dándonos ejemplo con su vida.

 

Pero hoy traigo otra vida de una gran mujer, gran madre, gran maestra, gran religiosa, gran fundadora que además trabajo, con la paz del Señor, por el reconocimiento de un puesto para la mujer en una sociedad bastante cerrada. No se necesitan algaradas, revoluciones para lograr objetivos, ella contó con el Señor, quien desde toda la eternidad había contado con ella.

 

Madre Alberta nace al mundo y nace a Dios en el seno de una familia cristiana. Desde su niñez irá recibiendo las primeras nociones de un Dios que es Padre, de un Dios que ama celosamente a sus hijos, un Dios dispuesto a perdonar a los hijos pródigos que un día optaron por abandonar la casa paterna. Todas estas enseñanzas las irá madurando y fortaleciendo con la práctica sacramental de la eucaristía, que luego inculcará a sus religiosas,  con un crecimiento interior motivado por una vida de oración. Así, en su alma se irán desplegando las alas de la santidad que la elevarán definitivamente a los brazos del  Padre.  "Quiero decididamente  seguir a Cristo, ya que me conduce a segura victoria y eterno galardón. Nunca  ya desertaré de sus Banderas”.

 

La vida de Madre Alberta es huella y es impulso, es una lección de fe y es la aplicación, en la vida diaria, de las palabras y hechos de Jesús. De ella podemos sacar ricas consecuencias, todas ellas aplicables a la vida familiar, profesional, espiritual y de apostolado. Bien puede decirse que todo, en Madre Alberta, tiene un mismo punto de salida: el apostolado cuyo fin es la mayor gloria de Dios y cuyos beneficiarios van a ser  todas las almas. “Salvemos, si podemos un alma ", decía la Madre.  Su vida es también virtud, donde se fragua la santidad,  la misma a que hemos sido llamados todos los bautizados sin distinción y para la que hemos sido elegidos desde la eternidad.  ¡Santidad costosa, si! pues el camino no es precisamente de rosas, sino, muchas veces, de espinas, de contradicciones, de dolor, pero con una seguridad que al final siempre está el fruto.

 

 

            Madre Alberta, durante su vida, cargó en muchas ocasiones con la Cruz del sufrimiento y es que el " camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz “, pero seguirá su marcha adelante, confiada en los brazos del Señor y en los de María, quien amadrinará la obra de Madre Alberta. ¡Todo por María, en María y con María! Que es el autentico faro que nos alumbra en la oscuridad de la noche, la luz con la que es imposible que nos perdamos, es ella la Madre, nuestra Madre sin condiciones, que a todos escucha.

 

            En uno de sus muchos e inolvidables artículos, el padre José Luis Martín Descalzo, recordando la muerte del poeta  cubano Nicolás Guillén comentaba una de sus llamativas poesías:

 

                                          

                                              

 

Efectivamente, es mucho poder decir de un ser humano que ha logrado esa doble maravilla: que el sol arda en sus manos y que haya sabido repartirlo.

 

            Aquellas palabras impresas en el corazón de poeta que Nicolás Guillén inmortalizara entre las más bellas páginas de la Literatura universal, ya lo habían sido con anterioridad por nuestra fundadora, Madre Alberta: con sus obras y palabras, con el ejemplo diario, con un estilo de vida que asombró  a aquellos que se decían ajenos a su fe y que enamora  a una juventud que gallardamente, y siguiendo su ejemplo,  milita sin desertar  bajo la Bandera de Dios. Un estilo de vida que prosigue modélico. Supo ser, además, sal de la tierra, la sal que evita la corrupción del pecado, la que da sabor a las obras y que hace que éstas, cuando llegan al Señor, le sean agradables. Y supo ser luz del mundo, la luz que hace  que podamos contemplar mejor el camino que pisamos y ver en toda su majestuosidad la grandeza de Dios. Una luz que comenzó a iluminar en su juventud y que prosiguió y prosigue hoy en los brazos del Padre.

 

            ¡Ardió el  sol en manos de Madre Alberta! "  De Dios recibí el ser y me dio las potencias y sentidos y cuanto soy y tengo  para que en su servicio lo empleara”. ¡Y lo repartió! Arde el sol en sus manos, arde el celo apostólico que avanza atravesando fronteras, cauterizando heridas, trocando penurias y tristezas en alegrías y esperanzas, instalando allá donde llega su obra un altar de amor y de caridad hacia el hermano necesitado y todo  " sea para gloria de Dios por quien lo hacemos todo ".

 

            El Papa Juan Pablo II durante una multitudinaria Misa celebrada en Eslovenia, el 19 de mayo del 96, nos dijo de los santos, entre los que se encuentra nuestra Fundadora que " los santos y no solo los canonizados, constituyen un punto de referencia accesible y seguro, pues saben indicar con  la fuerza atractiva de su ejemplo el camino para progresar en la dirección justa”.

" Ardió el sol en mi mano

que es mucho decir;

ardió el sol en mi mano

y lo repartí,

que es mucho decir

Por antonio tapia garcia
Sunday 3 january 2010 7 03 /01 /Ene /2010 23:58

Hoy que acudimos a una época dominada por la pérdida de valores, de corrupciones, rupturas... es motivo de alegría el ver que aún se hacen las cosas con agrado, con toque de distinción, las cosas bien hechas, tal como el Señor nos lo pidiera en el Sermón de la Montaña: "sed, pues , perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" ( Mt 5,48 ).

            Recuerdo cuando hace unos años tuve la dicha de acudir a la Fiesta Misionera en el Colegio de la Pureza de María de nuestra capital, que se celebra por el mes de mayo. Fueron realmente unas horas emotivas y entrañables las vividas en la Fiesta Kafakumba. La nostalgia del ayer y la alegría del presente juegan entre sí en mis pensamientos; uno desea volver a ser niño para revivir aquellos ambientes, irrepetibles, del colegio y que hoy, interiormente, juegan un papel importante y de los que me siento muy orgulloso.

       En los patios del Colegio de la Pureza bullía la alegría de una juventud sana y bien orientada, de una juventud labrada en los valores inalienables de los que es portador la persona; una juventud preparada para enfrentarse al difícil ejercicio del trabajo hecho, con gusto, con agrado y esmerándose en cada detalle, todo tal y como corresponde en quienes han sido forjados en el crisol de la fe cristiana, o dicho de otro modo, adiestradas en la santificación del trabajo personal (el estudio), que es a fin de cuentas una forma más de hacer oración y por lo tanto un medio más por el que tratamos al Señor.

            Kafakumba fue compartir con alegría y de corazón con todas aquellas personas que, lejos de nuestras fronteras, esperan que nuestra mirada se vuelva hacia ellos en lugar de bañarnos en el espejo de nuestro egoísmo y conformarnos con dar las migajas que caen de nuestra mesa, como en la Parábola del Rico Epulón y el Pobre Lázaro. Pero Kafakumba fue también un recibir: pues recibimos sonrisas, que las hubo para todos, y sobre todo las de quienes saben que su llamada no iba a caer en saco roto; atenciones, nadie quedó sin ellas, hasta sobraron, como sobraron los panes y los peces, para repartir incluso entre quienes no pudieron acudir. Kafakumba fue un hermanamiento real entre almas que no entienden de diferencias de color o credo. La fiesta de Kafakumba es una demostración más que nos enseña que no hace falta acudir a lo extravagante, a lo chabacano, a lo grosero, al alcohol... para poder vivir unos emotivos momentos de entrañable alegría, a la vez que el alma se llena de una fragancia a la que uno hoy está ciertamente desacostumbrado.

            El espíritu y las enseñanzas de Madre Alberta fundadora de las Religiosas de la Pureza permanece muy vivo, no hay límites ni fronteras y ese día, en la Fiesta Kafakumba, estaba muy presente, junto a nosotros. A los ajenos a la casa, como era mi caso, ha calado muy hondo y hasta tal punto que aún hoy, pasados ya algunos días, permanecen imborrables esas horas, esas emociones, esos sentimientos. "Muy grande y completa es la felicidad que procede de Dios" (Madre Alberta). Esta felicidad allí se ha vivido y se ha compartido, y se vive cada día. Ese es uno de los grandes tesoros que Madre Alberta ha dejado y del que, sin duda, nos beneficiamos todos. ... eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído..."(P. A. Reggio). Esa paz y esa alegría que el señor sembró en el alma de Madre Alberta hoy se transmite, por sus enseñanzas, en todos sus colegios donde el optimismo, la sonrisa habitual y la actitud cordial son divisa y emblema bendecidas sin duda alguna por la Madre común que es María.

            Muchas veces buscamos la felicidad por otros caminos, terminando insatisfechos, vacíos, perdidos... otras, pretendemos vender una felicidad mecánica, que no posee el soporte esencial: Dios, y así al final todo queda como si nada hubiéramos hecho...

            Ahora se puede comprender, sin extrañeza alguna, el porque las enseñanzas y los valores que se inculcan en los Colegios de la Pureza de María a sus alumnas no sólo permanecen imborrables, sino que además, maduran, crecen y se fortalecen; y es que el camino de Madre Alberta, mujer fuerte de fe, fue el acertado: "que nuestras religiosas enseñen deleitando y transmitan su mensaje con bondad".      

            Hoy más que nunca, nuestra sociedad, muy enferma y a la deriva, que ha ido perdiendo paulatinamente los valores más esenciales, necesita que se le vuelva a transmitir ese grandioso mensaje que celebramos los cristianos: ¡Jesús está vivo! que ya no está en el sepulcro tras aquella pesada losa. Hoy más que nunca estamos necesitados de ese mensaje con la fe, la alegría y la esperanza con que Madre Alberta ha conquistado, conquista y conquistará almas y corazones. Muchas gracias y adelante

Por antonio tapia garcia
Thursday 31 december 2009 4 31 /12 /Dic /2009 00:05
MADRE ALBERTA 2

 

            Mirar atrás, en muchos casos, no es perder el tiempo, sino muy al contrario, es ganarlo ya que los hechos de aquellos cristianos ejemplares y sus estilos de vida, conformes siempre a la voluntad de Dios, nos marcan el camino del que, sólo nosotros, hemos de quitar nuestras propias piedras : egoísmos, rencores, violencias, vanidades, envidias, opresiones, injusticias, sensualidades, vanaglorias .... Que son los obstáculos que nos impiden ser como ellos, ser luz y ser sal y de otros muchos que no conocen o han perdido el camino. Además, iluminan nuestra jornada y nos estimulan para levantarnos de nuestras caídas, como sin duda lo hicieron ellos, pues santos no son los que no han pecado nunca, sino los que se han levantado siempre, sin dejarse abatir por el desánimo que produce nuestra propia, y a veces continúa, debilidad.

 

            Como cristianos necesitamos alimentar cada día nuestra alma no sólo con los alimentos fundamentales que la van a hacer más ágil y fuerte: Eucaristía, Penitencia, Oración; sino también  con los estimulantes ejemplos que nos ofrecen con sus vidas, como es el caso de nuestra fundadora Madre Alberta

 

            Madre Alberta marcó con su vida una huella fuerte y claramente visible. El Papa Juan Pablo II reconoció las virtudes heroicas de su vida, elevándola al grado de venerable y se abriendo el proceso de beatificación. Por esto, no debemos mirar su vida con los únicos ojos de la historia o de la cultura y ver lo que supuso para la sociedad de entonces por su forma de entender la docencia y su aplicación, pues sería no entenderla, sería no descubrir nunca  lo que  Dios trata de transmitirnos por su mediación.

 

            La vida y las obras de Madre Alberta van inseparablemente unidas a la Fe y a la voluntad del  Señor. No pueden separarse una de otra. Es sobre la fe, sobre su  total amor a Cristo, fidelidad a María, fervor eucarístico e incansable vida de oración sobre lo que fundamenta cada paso, cada pensamiento, cada respuesta, cada decisión, el amor  que devuelve  a aquellos  que buscan afligirla y perjudicarla;  " es como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca ", que dice el Señor (4) .

 

            Si nos detenemos en la vida de Madre Alberta : ya novia, esposa, religiosa, fundadora, es para sacar consecuencias, ponerse en camino, llevarla a la práctica diaria, remendar rotos, corregir hierros, reconquistar las libertades perdidas por la esclavitud del pecado, restañar heridas... ¡ y para mucho más !, para escalar hacia la santidad a la que hemos sido llamados todos.

 

            Aquí está también la misión de Madre Alberta. Pues su obra no se detiene exclusivamente en llevar las almas a Dios desde la enseñanza, sino también iluminarlas desde su ejemplo diario, con la práctica cristiana de la vida y que ella vivió en grado máximo. El Señor la llamó a ser luz y guía de las almas: las de ayer, las de hoy y las de mañana. Por eso no debemos encuadrar la vida de Madre Alberta en un tiempo o en una época, pues va más allá, y sólo la fe hará que alcancemos a verla y comprenderla, desde esa fe que ardía en su corazón de madre.

 

            La vida de Madre Alberta es mucho más que una lección  de historia que se inmortaliza en las páginas de un libro. La vida de Madre Alberta es una lección auténtica  de fe, de amor, de entrega, de generosidad y de humildad.

Por antonio tapia garcia
Tuesday 15 december 2009 2 15 /12 /Dic /2009 01:01

                           A MADRE ALBERTA GIMENEZ

                Muchas veces pensamos, y lo hacemos equivocadamente, que los santos, esos hombres y mujeres que ocupan un lugar de privilegio en los altares, desde donde nos animan a apostar por el Señor, a poner en marcha la Fe, a cultivar la semilla de la generosidad, de la humildad y del amor,  lo tuvieron todo fácil, todo resuelto. Tal vez pensábamos  que un ángel del Señor bajaba a la tierra para abrirles paso en la espesura del dolor, de la contradicción, de la dificultad o de la persecución. Y  estamos equivocados, pues cuando hablamos de santidad, nuestro dedo  índice se vuelve automáticamente hacia ellos, hacia los altares, cuando en realidad debería quedarse señalándonos a nosotros pues a ello hemos sido llamados todos los bautizados. Y es que no solo ellos son los elegidos para dar la gloria al Señor, sino también nosotros, pobrecitos de barro quebradizo, hemos sido llamados para la difícil misión de sembrar  de gozo, de esperanza y de amor todo aquello que El ha puesto a nuestro alrededor; y lo estamos también, porque también nosotros hemos sido llamados a la santidad, ¡ y canonizables ¡ qué decía el santo José María Escrivá de Balaguer, a través de la lucha diaria; y  equivocados porque un cristianismo del que se pretende arrancar la cruz... es un cristianismo desvirtuado, del que solo sería el nombre” y esta  cruz que ellos encontraron, la vamos a encontrar nosotros en forma de dificultades, burlas, abandonos, provocaciones, obstáculos... No fue fácil ni para ellos, ni tampoco para sus familias. Leamos las vidas de Santa Gema Galgani, San Francisco de Asís, por ejemplo

No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz”. Y esto lo sabían los santos, y esto lo sabía nuestra Madre cuando decía todo nos abandonará, menos nuestro Señor. Y se confía en Él, y se confía en María, la Madre común, “con la protección de la Virgen Santísima, todo resultará bien”, pues que mejor timonel que la Madre para guiar a buen  puerto la nave, por el mar embravecido de las dificultades.  Y así, con anterioridad, San Francisco de Asís se topo con la incomprensión; San Roberto de Molesmes, San Esteban Harding y San Alberico, con la férrea oposición de los suyos a la reforma del Cister; San Juan Bautista con el padecimiento de  graves tribulaciones; San Damián de Veuster, Santa Rita, Santa María Goretti,  Madre Alberta, Madre Teresa de Calcuta..., pero todos siguieron hacia adelante, cargando con la pesada Cruz con amor y con esperanza, esa esperanza que describió el padre Martín Descalzo como la de quien pone su mano en el arado, sabiendo, eso sí, que otra Mano sostiene las nuestras y llega ahí, donde nosotros no llegaríamos”. Y siempre, siempre, gozosamente, aunque a ese gozo le acompañe el dolor y la cruz.

                Quienes  vivieron junto a  Madre Alberta, y quienes hemos tenido el gozo de conocer su obra  podemos comprobar que no lo tuvo fácil. El Señor fue preparando, acrisolando aquella fe en la que había sido iniciada en aquel hogar puramente cristiano, para  que recogiera aquella llamada que desde la eternidad le había hecho. Ya muy joven subirá con la Cruz de Cristo al Calvario, Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc, 22,42), repite junto a Jesús aquellas palabras de aceptación de la Divina Voluntad del Padre... Bernardo, Catalina y Bernardo, que así se llamará también su tercer hijo, mueren prematuramente. Poco después, Francisco Civera, su esposo, fallece igualmente. De los labios de la Madre no sale ninguna queja, ni un reproche, ni un ¿por  qué?, y mirándose en María, podemos decir con San Lucas “guardaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2,51) y camina hacia adelante, con la mirada puesta en el Señor.

                Podéis beber el cáliz que yo he de beber. Le respondieron: ¡Podemos!”(Mc20, 22). Alberta Giménez, junto a los hijos del Zebedeo, responde una y otra vez:"¡Podemos!”. Acepta la Voluntad del Señor. Y volverá a repetir aquellas palabras en aquellos momentos de su vida en que el Señor se lo requerirá. Cuando el Obispo de  Palma, D Bernardo Nadal, la llama para levantar una obra que atravesará fronteras; y volverá a decir ¡Podemos! cuando los enemigos de la fe buscan echar por tierra una parte de la obra que Dios le había confiado. ¡Podemos!”, dice la Madre, cuando en los últimos momentos de su vida se ve impedida para servir a los demás. Ahí la tenéis, a la Reverenda Madre Alberta, a quien si la visitáis hallareis en la suave y digna calma de una Religiosa de elevado gobierno, escriben de ella.

                Francisco – dijo de repente la Voz -, ya ves que Mi casa se está cayendo... Ve y reconstrúyela”. Aquella misma Voz que escuchara el pobrecito de Asís, se dejará oír  seis siglos después; y esta vez será la Madre, a través del Obispo de Palma, quien le ruega se haga cargo de aquel Colegio de la Pureza que se desmoronaba y del que nadie se quería hacer cargo, desde que el revanchismo político de unos y otros terminaran de apuntillar aquel notable centro de educación.  Pero al igual que aquella MI casa de la que hablara la Voz a Francisco de Asís, aquel Colegio de la Pureza, tenía un significado más grandioso, el de unir la fe y la cultura a través de la enseñanza, el de izar un bastión desde donde se educara moral, social y éticamente, además de las enseñanzas humanas, pues la tendencia liberal no se va a distinguir por su estrecha colaboración con la Iglesia, o con su favor hacia la Religión cristiana que había imperado en la nación;  si no por todo lo contrario, pues estaba entre sus premisas sustraer la enseñanza a la iniciativa familiar y de las Congregaciones Religiosas, encargándose  de la enseñanza funcionarios del Estado. Y esta forma de sentir y de actuar, la va a sufrir la Madre, cuando por medio de un decreto, el Gobierno va a suprimir la  Escuela Normal de Maestras, que había alcanzado un gran florecimiento y auge, durante cuarenta años, marcando un hito en la historia de la enseñanza y de la educación, transcurría entonces el año 1912. “¡Podemos”, repite la Madre a través de su alma. Años más tarde, en el siglo actual sigue “las huellas pedagógicas  de la Madre, alcanzando el mismo prestigio

 

Por antonio tapia garcia
Sunday 13 december 2009 7 13 /12 /Dic /2009 01:36

Aquella mañana del 21 de diciembre  de 1921 amanecía triste. La Madre, como cariñosamente la llamaban, había entregado su alma al Padre. Días antes, dada la gravedad de su estado, había recibido la unción de los enfermos, que alivia, conforta y  aumenta la gracia. Madre Alberta, en los últimos meses, y dado el avance de su enfermedad, se había ido preparando para este momento supremo, el del encuentro con su amado Jesús, que ahora  la llamaba, pero esta vez, para llevarla, por toda la eternidad, a la gloria del Padre, como merecido premio por une vida de entera entrega, humildad, amor y obediencia, y cuya heroicidad de virtudes, reconoció el Papa Juan Pablo II. Nos relatan sus biógrafos, y las religiosas que vivieron juntos a ella los últimos momentos de su vida mortal, un hecho que denota el alcance de su santidad. En su agonía se la escuchaba  rezar, suavemente y “con claridad la Salve, el Ave María, Bendita sea tu Pureza, el Santo Rosario...” todo un diálogo de amor con la Madre común, a quien tanto amor entregó en vida y, a la vez, nos va dando toda una lección de catequesis mariana. ¡Qué mejor refugio, que el corazón de María en la vida y en la muerte! ¡Que mejor guía, que María, para llegar sin pérdida hasta su Hijo Jesús! Ningún momento de la vida de nuestra Madre tiene desperdicio; todo es aprovechable y huella segura para alcanzar a Dios.

                El fallecimiento de la Madre, desde nuestro corazón y sentir humano, como el de las gentes de la época, fue una pérdida irreparable. Desde la fe, en la que hemos vivido y crecido, sabemos muy cierto, que es un paso, inevitable, para la otra vida de gloria y de felicidad; y por tanto no son, quienes mueren, un recuerdo perecedero, sino un permanecer a nuestro lado intercediendo, ayudándonos, colaborando en el quehacer diario. Además, ¡viven! triunfantes sobre la muerte, pues esta dicha y esta verdad nadie nos la quita,  nos la entregó el mismo Cristo, desde la Cruz. Pero el saber de esta gloria, no arranca la amargura y la tristeza, pues, a fin de cuentas, somos humanos de pies a cabeza. Por eso, aquella mañana amaneció triste para su familia biológica y para sus hijas las Religiosas de la Pureza de María Santísima, con quienes había compartido, levantado y encauzado una obra cimentada con ladrillos de amorde cultura y de esperanza sobre la roca firme de la Fe en Dios; triste, también, para quienes habían recibido de aquel corazón de Madre, un cariño y una paz difícilmente comparables; y de seguro, para quienes de ella obtuvieron la respuesta rápida del perdón frente a la ofensa, del amor frente al sectarismo, de la sonrisa, frente a la mirada inquisitiva y recelosa; triste, para quienes durante tantísimos años recibieron una fiel enseñanza religiosa y humanística y para quien fueron a buscar sosiego, consuelo y palabras de esperanza; y como no, triste, para una sociedad que sé vio beneficiada por el buen hacer de la Madre en favor de la dignificación de la mujer y de la perfecta preparación de las alumnas.

                “El Correo de Mallorca”, va a hacerse eco  del sentir de los palmesanos, mostrando cuán grande era el cariño y afecto que existía en sus almas hacia aquella noble Maestra y Madre cuando escribía, aquella mañana, : “Lloran su muerte, no sólo sus hijas, las Religiosas de la Pureza, sino cuantos la conocieron y especialmente cuantas fueron sus alumnas en el desfile de tantas generaciones educadas en el Colegio que con tan excelente fruto dirigiera la finada (...) con óptimos frutos, realizó la renovación del Instituto, durante el pontificado del Obispo Cervera, formando Colegios en Valldemosa, Manacor, Onteniente, Agullent...” y a estas líneas de reconocimiento, se irán haciendo efectivo el cariño de las gentes, que desfilarán ante la Madre, que como describe una religiosa allí presente: “Al funeral asistió muchísima gente, porque además de la Capilla, había tres salones llenos de gente... los señores, pasando delante de la Sierva de Dios, se arrodillaban y besaban su mando y que le pasaban los rosarios sobre las manos”. Tampoco faltará a la cita el Ayuntamiento de Mallorca que reafirmará la obra de la Madre  haciendo presente, a la Comunidad de la Pureza, el sentir de la corporación y haciendo un vaticinio, que  setenta y cuatro años más tarde se hará realidad, cuando dice:”...en el futuro, seguramente, habrá quien la proponga para hija ilustre de Palma, por sus grandes merecimientos y general estima...”

                Este cariño hacia la Madre,  hacia la obra que, siguiendo la Voluntad del Señor, levantó y trabajó hasta el último momento de su vida, y hacia las Religiosas que con ella colaboraron y que hoy continúan sobre aquella huella de preclara santidad, se mantiene vivo en intensidad y fuerza con que las gentes palmesanas dispensaban a la Madre.

                Muchos son los hechos evidentes que lo demuestran. Cabe destacar el  del Ayuntamiento de Palma de Mallorca, que en diciembre de 1996 nombraba a Madre Alberta, Hija Adoptiva de Palma, durante  el desarrollo de la tradicional “Festa de L`Estandard”. Un acto emotivo y de reconocimiento hacia la Madre, y cuya alegría embarga a quienes día a día trabajan con el mismo espíritu de la Madre; a quienes han nacido  y crecido al calor de una obra “bajo el cielo de la Pureza”; a quienes nos sentimos amigos e identificados con esta obra, en la expresión humana y espiritual de la palabra. “Han pasado 74 años del momento en que el suspiro de Madre Alberta dejó de alentar los ánimos a sus hermanas y alumnas. Desde entonces, los reconocimientos a su obra han sido muchos, todos han respuesta a la voluntad pedagógica y humana que guió toda su vida”, en palabras del regidor de educación, D. Jordi Llabrés; palabras a las que se va a unir el concejal socialista, D. Josep Moll, que a los efectos actuó de fiscal del caso cuando dice que: “Resultó imposible encontrar argumentos para oponerse a la Declaración de Madre Alberta como Hija Adoptiva de Palma (...) Contribuyó decisivamente a dignificar, a través de la formación y la cultura, el papel de la mujer en la sociedad mallorquina”.

                “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” (Mt 5,16), nos dice el Señor;  y la luz de la fe y del amor de la Madre iluminó a las almas de los hombres y mujeres de aquella época y de las venideras, que se acercaban para recibir el calor que manaba del alma de aquella mujer, de aquella Madre.

En los últimos meses de la vida de la Madre, cuando la enfermedad arreciaba y sé hacia casi evidente un fatal desenlace, no faltó cariño, amor, sonrisas y bendiciones  a quien se acercaba; incluso cuando las fuerzas se lo permitían,  colaboraba en los trabajos diarios,  pues decía: “No he venido a la Religión para ser servida, sino para servir”, sin arredrarse, postrarse ni amilanarse. En alguna ocasión mostró el deseo de seguir haciendo vida de comunidad según “lo mandado en las Constituciones” como si de una “joven novicia se tratara”, describen sus biógrafos. 

Cual pobre labrador contempla ufano

después de sus congojas y fatigas

los campos ya cubiertos con espigas

que produjera el grano

a la tierra confiado por su mano

Escribía la Madre.  Con gozo contemplaba, como aquel Colegio que se desmoronaba, que nadie quería aceptar, ni responsabilizarse, iba surgiendo aquel otro que en su alma proyectaba con la  maestría de un arquitecto, “muy grande y con cariño para todos”, y así  en diciembre de 1921 existían ya: dos colegios en las Islas Canarias: Puerto de la Cruz y Santa Cruz de Tenerife;  Valldemosa y Manacor en las Islas Baleares; Onteniente y Agullent en  la Provincia de Valencia; un noviciado en Son Serra;  además de la aprobación Derecho Pontificio de la Congregación de las Religiosas de la Pureza... “¡Cogeremos la mies ¡El fruto hermoso, / como rico tesoro...” escribía.

 

 
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