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Por antonio tapia garcia
Tuesday 26 june 2012 2 26 /06 /Jun /2012 07:37

Cuando Pedro estaba abajo en el atrio, llega una de las criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro que se estaba calentando fijándose en él, le dice: También estabas tú con Jesús, ese Nazareno. Pero él lo negó diciendo: Ni lo conozco, ni sé de qué hablas. Y salió fuera, al vestíbulo de la casa, y cantó un gallo. Al verlo la criada empezó a decir otra vez a los que estaban alrededor: Este es de los suyos. Pero él lo volvió a negar. Y poco después los que estaban allí decían a Pedro: Desde luego eres de ellos, porque también tú eres galileo. Pero el comenzó a decir imprecaciones  y a jurar: No conozco a ese hombre del que habláis. Y al instante cantó un gallo por segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: Antes de  que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres. Y rompió a llorar” (Mc 14, 66-72). “Grave ha sido el pecado de Simón Pedro, pero profundo ha sido su arrepentimiento. Su fe, ya probada, llegará a ser fundamento sobre el que Cristo edificaría su Iglesia...En el plano de nuestra vida personal, pensemos que por honda que haya sido nuestra caída, mayor es la misericordia divina dispuesta siempre a perdonarnos, porque el Señor no desprecia un corazón contrito y humillado. Si nos arrepentimos sinceramente Dios hará, de nosotros pecadores, fieles instrumentos suyos”.

Pedro atraviesa su noche oscura en aquella aciaga y triste madrugada, viendo como apresan al Señor, dirigidos por uno que había compartido todo con ellos. Pedro recuerda las palabras de Jesús al oír el canto del gallo y llora amargamente. Lágrimas de arrepentimiento y hasta de impotencia. Pero sobre todo de arrepentimiento, “bienaventurados los que lloran”, aún deben resonar en sus oídos aquellas palabras, “Porque ellos serán consolados”. Pedro llora con esas lágrimas a que se refiere la bienaventuranza, lágrimas de arrepentimiento de haber ofendido a Dios. Esas lagrimas que alguna vez nos han brotado a nosotros, cuando nos hemos dado cuenta que al igual que Pedro hemos negado al Señor, al preferir nuestra vida totalmente apartada de la que Él nos marcó.

El pecado es negación de Cristo en mayor o menor cuantía, de ahí  que continuamente la Iglesia nos llame al arrepentimiento, y de una manera especial en la Cuaresma, y al acercamiento al sacramento de la Penitencia desde el cual el mismo Cristo nos absuelve por medio del sacerdote.

Pedro niega conocer al Señor ante las miradas inquisidoras de aquellos que le preguntaban y le decían haberlo visto con Jesús. Momentos antes había dicho que jamás se separaría de Él. Cuando nuestra alma se siente cerca del Señor, animada por el calor de la gracia también sentimos y pensamos como Pedro y hasta nuestros pensamientos y nuestro ánimo va muchos más lejos, pues soñamos con grandes campos de apostolado; pero nuestra fragilidad es grande, que puede llevarnos al momento siguiente a negar a Dios a través del pecado.

El siguiente paso de Pedro fue reconocer lo que había hecho: reconoció su pecado, “la contrición da al alma una especial fortaleza, devuelve la  esperanza, hace que el cristiano se olvide de sí mismo y se acerque de nuevo a Dios”. Pedro llora. Son lágrimas de arrepentimiento. También en nuestro interior brotan las lágrimas de Pedro cuando nos reconocemos pecadores, cuando acertamos a ver la ofensa hecha a Dios a través del pecado; son lágrimas que se traducen en ese dolor previo al sacramento de la Confesión y en ese deseo de servirle y no volver a ofenderle.         

                Al igual que Pedro, nuestra actuación, además del arrepentimiento, es la evitación del pecado y de aquello que nos lleve a caer en él,  Pedro sale de aquel lugar donde imprudentemente se había metido, para evitar posibles recaídas. Comprendió que aquel no era su sitio”. San Marcos no lo narra pero san Lucas recoge este momento: “Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc 22, 62). Pedro se arrepiente y llora con dolor haber abandonado al Señor, pero además abandona  aquel lugar y así evitar volverle a negar. Esta es otra lección que hemos de aprender. En pocos momentos podemos aprender de dos acciones similares: Judas y Pedro. El primero cayó en la desesperación por el grave pecado; el segundo las lágrimas de arrepentimiento le llevaron a obtener el perdón.

                El pecado no debe llevarnos al abandono de toda una vida e incluso a toda una eternidad, ni debe de llevarnos a la desesperación y abandono de la fe, pensando que jamás recaerá el perdón de Dios; sino que muy al contrario, ha de llevarnos a una mirada sincera hacia el Señor que se traducirá en un sincero arrepentimiento del mal hecho que nos acercará nuevamente a Él. “A ti que te desmoralizas, te repetiré una cosa muy consoladora: al que hace lo que puede, Dios no le niega la gracia. Nuestro Señor es Padre, y si un hijo le dice en la quietud de su corazón: Padre mío del Cielo, aquí estoy  yo, ayúdame... Si acude a la Madre del de Dios, que es Madre nuestra, sale adelante”. Dios perdona al que se acerca con corazón arrepentido por grave que sea el pecado.

Las lágrimas de Pedro son también nuestras lágrimas. En ese instante, junto con pedro, llorábamos todos los hijos prodigo presentes y futuros; quienes en un momento de debilidad hicimos negación de Jesús, por elegir otro tipo de vida, por dejarnos caer en los ofrecimientos del mundo, por dejarnos atraer por sus seducciones. Las lágrimas no son vergonzosas, no se deben esconder. Casi siempre son purificadoras. Yo también lloro con lágrimas de Pedro, con lágrimas de la bienaventuranza, con lágrimas de arrepentimiento.

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