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Por antonio tapia garcia
Thursday 7 january 2010 4 07 /01 /Ene /2010 00:15

San Lucas nos presenta en su Evangelio este precioso pasaje:" El mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén setenta estadios. Y conversaban entre sí de todo lo que había acontecido. Y sucedió que, mientras comentaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos " (Lc 24, 13-15 ) Jesús sale al encuentro de aquellos discípulos, que nos representan a cada uno de nosotros, pues Jesús también sale cada día pacientemente a nuestro encuentro mientras nos dirigimos hacia la Emaús Celestial. Aquellos discípulos  no habían acertado a comprender el mensaje de Jesús, pues al verle morir en la Cruz perdieron la esperanza, andan desorientados, perdidos, temerosos, ... El Señor, que les ama, se acerca a Ellos, camina junto a Ellos, habla con ellos, se sienta a la mesa con ellos, pero así todo, la tristeza le impide ver que está ahí junto a ellos, sólo se dan cuenta cuando " ... tomó el pan, lo bendijo y se lo dio " (Lc. 24,30). A nosotros nos pasa  lo mismo, seguimos buscando al Señor  entre los muertos, tristes, desesperanzados, apesadumbrados, y resulta que " el único lugar de esta tierra donde Jesús no se encuentra es en aquella  tumba labrada en piedra que un día le prestara su amigo José de Arimatea " (Jesús Está Vivo, E. Tardiff, 37-38 págs.).

       

                Y La Virgen María, que es verdadera Madre de Dios y verdadera Madre espiritual nuestra, pues somos la herencia de su Hijo entregada desde la Cruz, que somos el motivo de su corredención, sale también a nuestro encuentro, para rescatarnos del pecado que hace que perdamos el norte y tambalear la fe; que nos vuelve tristes y desesperanzados, que lleva el alma al más terrible de los desiertos, que causa en nosotros la noche oscura por la que atravesó el insigne San Francisco de Asís. Y María, la siempre Virgen y Madre, camina junto a tí y junto a mí, nos alienta, nos da esperanza, quita nuestro temor y nos da esa confianza esa fe en la Misericordia Divina a la vez que nos adorna de la humildad de reconocernos pecadores y solicitar del Padre el perdón como hijos pródigos. La Virgen María sale a nuestro encuentro, también para demostrarnos que Jesús, su Hijo, está vivo, que resucitó y que está con nosotros, a la vez que nos repite aquellas palabras de las Bodas de Canáa : " ¡ Haced lo que El os diga !" (Jn 2,5).Que bien se cumple en nuestra Madre del Cielo aquel ruego que en alguna ocasión ha salido de nuestros labios como un himno hacia Ella:

 

                                                 Más si mi amor te olvidare

                                                 Madre mía, Madre mía,

                                                  Aunque mi amor te olvidare,

                   Tú no te olvides de mí

 

                ¡Como  va a olvidarse la Madre! ¡María no se olvida! ¿Quién, a lo largo de su vida no se ha visto rescatado de las garras del pecado por esta santísima Madre? ¿Quién como el hijo prodigo no ha vuelto a la casa del Padre? ¿Quién no se ha quedado prendido de su amor, de su belleza, de su bondad maternal? ¿Quién no ha oído su nombre con esa suavidad que sólo Ella sabe poner al llamarnos?  Cuantas almas hay en el cielo gracias a su mediación, gracias a que La Virgen María ha salido al encuentro de ellas... ¡cuántos volvemos a la vida de la gracia por su mediación!             Si de Eva se dice que  " más que madre fue madrastra " ya que por ella nacimos  no a la luz sino a las tinieblas, de la Siempre Virgen  María podemos decir junto al Abad Guerrico todo lo contrario " María, en cambio, realizó plenamente su significado, ya que Ella, como la Iglesia de la que es figura, es Madre de todos los que renacen a la vida. Por ello, sin duda podemos afirmar que por María hemos nacido a la Luz, hemos nacido a la salvación, hemos nacido a Dios. ¡Tú no te olvides de mí! Tengamos esa seguridad de que María no se olvida de ninguno de sus hijos. Y día a día se repite aquella escena que hace más de cuatrocientos años ocurriera en la colina del Tepeyac, en Méjico, cuando sale al encuentro de aquel indiecito llamado Juan Diego, quien  creyendo, en su ingénua humildad, que la Virgen María no le iba a encontrar si tomaba otro camino y dirigiéndose a cumplir  un encargo de su tío, gravemente enfermo,( y no aquel que la dulce Señora le encargara cuando se le apareciera el día anterior) , se encuentra inesperadamente con Ella : " ¿ Dónde vas hijo mío, el más pequeño  ? ". Y esas palabras llenas de ternura se clavan también en nuestra lama cuando la Virgen María sale a  nuestro encuentro y nos llama por nuestro nombre, como sólo Ella sabe hacerlo.              

                Y  sentimos su presencia cuando nuestra alma se inunda de esa paz que proviene del Corazón Inmaculado de la Madre. Y cuando todo nuestro espíritu hierve de fervor, cuando la emoción nos de amor a la Madre y por Ella nos  llena del amor a Dios, que es cuando ocurre lo que a aquellos apóstoles que no conocieron al Señor, el velo de nuestra alma se desgarra (como ocurriera al velo del templo) y con las mismas palabras que ellos le decimos a la Virgen María: ¡Quédate con nosotros, porque está anocheciendo y va a caer el día! ".  Y así le hablamos cuando sentimos que los enemigos del alma están al acecho y el día puede caer en un instante y María que es nuestro refugio, nuestra seguridad nos protege bajo su manto. ¡María quédate con nosotros! ¡María se tú la luz en esta noche triste y larga!                     

            La Virgen María le dice a Santa Brígida:           " Cuando un pecador, por grande que sea, acude a mí con sincera intención de enmendarse, estoy desde luego dispuesta a recibirle, y no miro a los pecados de que viene cargado, sino solamente a la intención con que viene, y no me desdeño en ungirle y curarle todas las llegas porque me llamo, y en realidad lo soy, la Madre de Misericordia. " Y como dice San Bernardo " Y de una fuente de piedad ¿qué puede brotar sino piedad?

                No desaprovechemos la llamada de María; que nuestro corazón no se cierre a su llamada como aquella fría noche en Belén, cuando junto a José no encontraba posada. Nuestro corazón no sea el reflejo de aquella ciudad de Belén, todo ocupado, pues María quiere que el Niño repose en este nuestro corazón y día tras día llama incansablemente, pacientemente, sabiendo que sus hijos, nosotros, abriremos para darles cabida, para darles ese cobijo que otros les niegan, para darles este amor, humano, pero válido.

 

                                          Tú que eres flor de las flores,

                                          Tú que del cielo eres puerta,

                                          Tú que eres olor de olores,

                                          Tú que das gloria muy cierta,

                                          Si de la muerte muy muerta

                                          No nos vales,

                                          No hay remedio a nuestros males.

 

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