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Por antonio tapia garcia
Monday 3 september 2012 1 03 /09 /Set /2012 13:47

No me gusta la palabra mayores, ni tampoco la de ancianos, me parece un poco irrespetuoso. Pero vamos a elegir la primera y así nos entendemos todos. Algunas veces he visto llorar amargas lágrimas, exteriores, e interiores, que estas son peor aún, a algunos mayores; lagrimas de soledad al sentirse como si de trastos viejos se tratara, de esos que guardamos en un lugar por considerarlos inservibles y nos olvidamos de ellos para siempre; lagrimas de ser considerados inútiles, cuando aun dentro de sí mismos existe rica experiencia, capacidad, fuerza y amor. Es tremenda esta situación, es aterrador  este silencioso calvario que recorren cada día; es horrible esta agonía de verse apartados, ignorados, olvidados, sentenciados a una muerte en vida.

No me refiero solo a aquellas personas que se encuentran acogidas en asilos, en clínicas geriátricas, en centros de acogidas de mayores, donde generalmente si reciben el cariño que precisan. Me refiero también a  esos padres y a esas madres que viven en los hogares, con sus hijos. Es cierto que en muchos hogares reciben ese trato, como si estorbaran, como si molestaran, como si su opinión no contara o no tuviera validez. Todo se les rebate, claro ¡que tonto soy!, menos la pensión, eso si tiene validez, que se espera como el santo advenimiento.

Me decía un conocido: “¡que poco cuentan los viejos: con su palabra caduca, son como la hoja de otoño que muere en la madrugada!”. No sé si será un refrán, no lo sé; pero es cierto como la vida misma. Gracias a Dios esto no ocurre en todos los hogares, ya que ellos son como la mesa sagrada donde se hacen las ofrendas, son el cáliz donde se bebe la experiencia y el conocimiento, son el bastón  en el que nos apoyamos por el camino de la vida.

A mí me enseñaron a profundizar en el cuarto mandamiento, que nos habla de la honra a los padres, honra que va mucho más allá de la frase que aprendimos en el catecismo. Maravilloso Mandamiento, con el que el Señor nos hace ver la importancia que le da al amor a los padres, quienes día a día han derramado sobre nosotros el manantial inagotable de su amor.

No se dan cuenta, que nuestros mayores y sobre todo los que han sido abandonados en los asilos, apartados en sus hogares, siguen vertiendo hacia sus hijos, con la misma unción, ese cariño y ese mismo amor que un día comenzaron a darnos cuando vimos la luz del día, al salir del seno materno.

Algún vez esas lágrimas silenciosas y esa soledad, puede que sean nuestras, y ese día nuestros padres  volverán para alcanzarnos de su consuelo y su bendición: porque son nuestros padres para la eternidad.

 

 

 

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