Por antonio tapia garcia
Thursday 11 march 2010 4 11 /03 /Mar /2010 00:41

            Leemos que “Al salir de la barca, enseguida salió al encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu inmundo” (MC. 5,2). Una vez más Satanás hace acto de presencia.

 

            Sabemos que a determinadas enfermedades de aquellas épocas se las catalogaba de demoníacas, como por ejemplo la epilepsia. Esto no quiere decir que, cuando el evangelista describe como “espíritu inmundo” a una persona, descubramos en ella a unas personas aquejadas por una serie de enfermedades. Sabemos, porque así lo dice la Iglesia, que existe el demonio, y por lo mismo que se pueden dar casos de posesión. Estas que nos describen los evangelistas, como en este caso San Marcos, se tratan de posesiones ciertas, ya que de lo contrario el evangelista jamás, en honor a la verdad del Evangelio, apuntara como posesión a un hecho que no lo es. El Evangelio contiene la verdad.

           Gerasa estaba poblada, principalmente, por paganos. Como se aprecia  por la existencia de una piara de cerdos tan numerosa, que pertenecería sin duda a muchos dueños. A los judíos les estaba prohibida la crianza de estos animales y el comer su carne”.

            Este hecho podemos leerlo en el Levítico, donde hace referencia a “Animales impuros”, en el Capítulo 11.

           Yavéh habló a Moisés y a Aarón, diciéndoles: Hables a los hijos de Israel y díganles: estos son los animales terrestres que pueden comer: Ustedes comerán el animal de pezuña partida, hendida en dos uñas y que  rumian (...) El cerdo que tiene la pezuña partida, hendida en dos uñas, pero no rumía, será impuro para ustedes. Ustedes no comerán su carne y tampoco tocarán su cadáver: serán impuros para ustedes” (Lev. 11, 1-8).

            San Marcos en este pasaje nos dice que “Al ver a Jesús de lejos, corrió y se postró ante él” (MC. 5,6). El espíritu inmundo reconoce al Señor, como el Hijo de Dios, pero además reconoce su superioridad.

            La respuesta del poseído a la pregunta que le hace el Señor: “Mi nombre es legión porque somos muchos” (MC. 5,9). No se refiere a que hubiera una legión de demonios habitando en la región, sino que ese hombre estaba poseído por un regimiento de demonios.

            Jesucristo libera al hombre poseído y permite que penetren en la manada de cerdos, “alrededor de  dos mil” (MC. 5,13). En este pasaje que puede parecernos  duro y hasta incomprensible, porque el Señor permite que se pierdan toda una piara de cerdos que según la tradición judía eran considerados como impuros, en un número de dos mil, que nos describe el evangelista, se nos dan dos hechos explicativos. Por una parte, el hecho que la piara de cerdos se ahoga en el mar, que por la tradición judía  simbolizaba el imperio del mal. Por otra, es que este hecho pone de relieve la existencia del demonio y de la manera que influye en nuestras vidas. “El Señor permite la pérdida de unos bienes materiales porque eran incomparablemente inferiores al bien espiritual que suponía la curación del endemoniado”. El Señor nos muestra una vez más la importancia del hombre en todos los casos.

            Los Gerasenos, excepto el sanado, quieren que Jesús se vaya. Esto nos muestra el rechazo a Dios por parte de quienes han tenido ocasión de conocerlo. Los Gerasenos lo han oído, y han visto los prodigios que realiza, pero sin embargo lo rechazan. Nosotros le conocemos y lo vivimos a través de la oración y de la Eucaristía, pero por el pecado lo rechazamos, y muchas veces de una forma contumaz.

Un hecho puede llamarnos la atención, la del Gerasenos sanado por el Señor que “le suplicaba quedarse con él, pero no le admitió, sino que le dijo: vete a casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo, y como ha tenido misericordia de ti” (MC 5, 19). El Gerasenos quiere seguir al Señor, quiere ser un discípulo más, y se lo pide con insistencia. Pero el Señor no lo admitió. ¿Por qué? No es una actitud de rechazo del Señor por la vida pasada de aquel hombre, ya que todos sabemos que el Señor nos perdona los pecados para toda la vida. Si recordamos aquella frase del Señor que nos trae San Juan, podremos verlo mejor: “No son ustedes quienes me han elegido a mí, sino que yo les elegí a ustedes” (Jn 15,16). Es Jesús quien elige. Jesús al igual que ayer, hoy llama a la vocación sacerdotal y a la vocación religiosa. Estas vocaciones nos las tenemos por nuestra propia naturaleza, por nuestra propia decisión, sino que es Dios el que  llama hacia el sacerdocio, hacia la vida religiosa, a la vocación del ser catequista; es el Señor el que me pone en aquel lugar donde yo voy a desarrollar mi tarea de apostolado. Por eso no rechaza al Gerasenos, sino que le invita a que haga apostolado con “los tuyos”; y ese “tuyos” no se refiere  solo su familia, sino aquellas gentes de Gerasa que en un principio le habían rechazado. Jesús, sigue invitando a los Gerasenos a la conversión, a pesar del rechazo inicial.  Jesús deja allí la semilla, la de la parábola, que sin duda crecerá y crecerá, incluso en aquellos corazones que en un principio rechazan la llegada de la Luz.

                El Señor no rechaza a nadie; nosotros tampoco podemos rechazar a nadie, ni por su condición ni por su creencia o por su no creencia. Ya que para Dios, todos son hijos suyos y llamados a la salvación. Otra cosa es que no se le quiera recibir, como nos lo recuerda  el pasaje de Belén, cuando José llamaba a las puertas y “no lo quisieron recibir” o no “había lugar en la posada. El señor no rechaza al Gerasenos, por tanto ¿Quién somos nosotros para rechazar a nadie?”. Hemos de hablar para todos ya que por el Bautismo estamos llamados a ello, o lo que es lo mismos dar ejemplo con estilo de vida, de comportamiento y de representar la fe en la que hemos sido bautizados y confirmados.

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