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Por antonio tapia garcia
Wednesday 25 july 2012 3 25 /07 /Jul /2012 00:51

           

Después de la adoración de los pastores, son aquellos personajes venidos del Oriente quienes se postran ante el Niño Dios para adorarle. El portalico de Belén se convierte en el primer Sagrario, no humano, porque el primero  fue el seno de nuestra amantísima Madre, la Virgen, al que van a adorar a Jesús, recién nacido. Este pasaje se repite  cada día en los sagrarios de Templos, capillas, ermitas, Basílicas ...  de la Tierra, donde los fieles acuden a postrarse ante Jesús para presentarle sus súplicas, acciones de gracias, tristezas, alegrías, su amor ...

 

            Y cayendo de rodillas lo adoraron. Nos describe San Mateo ese momento, que nosotros, en alas de la fe imaginamos, y nos enternecemos  de la postura de aquellos hombres recios. Nosotros también;  cayendo de  rodillas ante el Sagrario nos disponemos a adorarle, a mantener un diálogo de amor con Jesús, a mantener una confidencia amorosa entre El, Dios, y yo; que me escucha, que me deja hablar, que me rodea con sus brazos, cuando el llanto, la tristeza, la preocupación me invaden, que hasta puede parecernos  oir con toda ternura que nos dice: Hijo mío ¿temes por ventura?. Allí está Jesús... a veces ¡tan sólo!, y ¡tan sólo de nosotros!. Allí está Jesús, el mismo que adoraron los pastores, el mismo que adoraron los magos de Oriente, el mismo que  adoró  Juan desde el seno de su madre, cuando María, nuestra dulce Madre, fue a visitarla; el mismo que convivió con los Apóstoles, el mismo que curó, sanó y devolvió la fe a tantos, tantísimos...

 

            Y  de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima  de donde estaba el Niño. Nosotros también tenemos una Estrella que nos guía hacia el Sagrario; y no es otra que María. ¡Cuánto le agrada a María, que acudamos a  ver a su Hijo Jesús! Un alma mariana se nota por su amor a la Eucaristía, por el amor al Sagrario, no solo por el Rosario. El Amor a Jesús y a la Virgen María, es un amor indivisible, que camina paralelo, inseparable. La Virgen nos va a guiar hasta su  Hijo, de la misma forma que lo hiciera aquella estrella que con su luz fue guiando a los magos. La Virgen María es el faro de la luz de nuestra fe y de nuestro amor a Dios, siguiéndola, no nos perderemos en el camino, como no se perdieron a aquellos magos que llegaron hasta Belén desde lejanísimas tierras. Pidamos a la Virgen que nos lleve siempre ante su Hijo, que nos enseñe a amarle, a  hacer lo que el nos diga y pidamos a Jesús, ante el sagrario o durante la Comunión, que nos enseñe a  Amar a su  Madre.

           

           

Después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Pueden parecernos cosas pequeñas e inservibles, lo que llevaron a Jesús aquellos hombres, salvo el oro que conocemos su valor. Pero todo aquello que le ofrecieron como presentes, tenían su altísimo valor. Pero no es el valor económico de aquello lo que contaba, sino el sentido que emanaba de aquellas ofrendas: ofrecer a Dios lo mejor de que disponemos. Cuando nos postramos de rodillas ante el Sagrario para hablar con el Señor, procuramos ofrecerle lo mejor de lo que disponemos: nuestro deseo de seguirle, aunque nos sepamos débiles; nuestro deseo de  no ofenderle más, aún cuando sabemos que nos  pueden fallar las fuerzas a las primeras de cambio; el deseo de perdonar a quien me ha hecho mal, aunque sepa que se va a librar una tremenda lucha dentro de mi antes de dar ese paso.

 

            ¡Señor, vengo a ofrecerte mi nada! Ves como soy, ves a mi alma en estado ruinoso ... no tengo más que ofrecerte. Que sin duda vale mas que todo el oro del mundo, y el Señor, que nos ama indeciblemente, recoge esta ruina que le ofrecemos, esa nada y seguros podemos estar que en esa ruina  edificará un sagrario donde podrá morar El.             El ejemplo de los magos de oriente, como tantos otros que nos ofrece en cada momento el Evangelio de cada día, son dignos de tener en cuenta. Las visitas al Sagrario, las comuniones frecuentes, el acercamiento a la Penitencia..., irán alimentando nuestros deseos de  Dios, que darán paso  de la aridez de nuestra alma  al mas frondoso de los vergeles.

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