Al igual que las palabras del centurión, que se han hecho ya perpetuas, al acercarse a comulgar “Señor, yo soy digno”, y las de aquel padre pidiendo la curación de su hijo: “Señor, si quieres, puedes”; y tantas otras, también las palabras de Pedro, las habremos repetido más de una vez: “¡Señor, sálvame!”, cuando nos hemos encontrado en una encrucijada, en una situación difícil o acuciados por una tentación.
Pedro que era un hombre, recio, curtido, fuerte, siente miedo, verdadero miedo cuando ve que la barca iba a ser “tragada” por una ola. ¡Señor, sálvanos! Siente miedo, se acuerda de Jesús. Lo mismo nos pasa a nosotros, cuando el temor nos apresa, nos inutiliza, nos incapacita, ¡Señor, ayúdame! Y el Señor que nos ama tanto, que no puede estar ni un segundo sin amarnos, acude en nuestra ayuda. Y nos dice como a Pedro: ¡Animo, soy yo, no tengáis miedo! Nos dice con voz tierna, como les hablaba a aquellas gentes de Palestina, con cariño, no como los escribas y fariseos.
¡Animo!. Fíjate, el Señor nos anima. Serán muy rojos nuestros pecados, pero Él nos anima con cariño a acercarnos. Él te anima, no te riñe, pero ojo, eso n o quiere decir que esté de acuerdo con la vida que podamos llevar. El pecado produce la pérdida de la amistad con Dios, y el Señor quiere que volvamos a esa amistad y por eso nos busca, como el pastor busca a la oveja perdida, y nos busca sin descanso y cuando nos ve, sale corriendo a recibirnos, como el padre de la parábola del hijo prodigo para perdonarle y acogerle.
¡Animo! ¿Por qué estas triste? ¿De qué tienes miedo? El mismo Jesús te está esperando pacientemente, porque no te da por perdido. Nos espera en el sacramento del perdón. El mismo nos habla como a los discípulos: ¡no tengáis miedo! ¡Adelante! Él está a nuestro lado y también María, la Virgen que nos dice “Haced lo que Él os diga!, con esas palabras que parecen simples, nuestra Madre nos dice que siguiendo la huella de Jesús seremos salvos, solo con lo que Él nos diga.
Con el pecado, nos vamos de la Casa del Padre, cuando recapacitamos y volvemos arrepentidos al sacramento del perdón, Jesús sale a nuestro encuentro y nos acompaña. Por eso, no tengas miedo, ni vergüenza de decir todo; pues algunas veces la vergüenza hace callar pecados. Vacíate. Hay una canción que cantaba el tenor español Luis Mariano con su voz prodigiosa, que podría ser aplicable aquí
Santa María, madre del Salvador
Vuelve tus ojos
Hacia mi oración
Santa María, madre dolorosa
Te pido en este día
Que ampares mi dolor
Ven a callar esta pena
….

