MUCHAS FELICIDADES A RADIOMARIA POR LA ENORME PROPAGANDA QUE HACE DE NUESTRA FE Y DE NUESTRA MADRE LA VIRGEN MARIA. ANIMO A TODOS NO DESANIMEIS NUNCA. ME PONGO A VUESTRO SERVICIO. ¡ MAGNIFICOS
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“Nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre” (MC 7, 14-15).
En éste y en los otros evangelios vemos lo que suponía en tema de la pureza para el pueblo judío. Para los judíos, el hombre puro era “el que no se había contaminado, ni siquiera por la inadvertencia, con algunas de las cosas que prohibe la Ley”. Esto se nos aclara un poco más en el Levítico, donde se nos habla de las cosas puras e impura.
La palabra pureza no tiene la aplicación que hoy le damos. Ya que nosotros la aplicamos a los mandamientos sexto y noveno con exclusividad. El sentido de estas leyes del Levítico eran debidas a la falta de higiene que se observaba por aquel entonces, y que sin duda eran causa de grandes enfermedades y mortandad, por lo cual era necesario acostumbrarles a observar la higiene. Por otra parte, estas leyes “servían para proteger la fe de los judíos que vivían en medio de pueblos que no conocían a Dios. Pues ¿cómo podrían conservar su fe en el Dios único si se les permitía convivir con esos pueblos, tenerlos como amigos e imitarlos en todo?. Ahora bien, con esas innumerables costumbres religiosas que el judío tenía que observar, se apartaban necesariamente de los que no compartían su fe, llevaban un tipo de vida distante y se quedaban en medio de sus correligionarios”
Pero Jesús les va a recordar que nada de lo que Dios ha hecho es impuro: ni los animales, ni las plantas, ni el aire, ni los enfermos... Todas estas aplicaciones erróneas por parte de los judíos se apartaban auténticamente de la Ley de Dios, y algunas del mandamiento nuevo: amarás al prójimo como a ti mismo. Cristo viene a corregir estos errores. ¿Puede ser causa de pecado tocar a un enfermo? ¿Puede un enfermo pecar si me toca? El sentido común me dice que no, mi fe me dice que pensar así es contrario a la Ley de Dios y a la caridad que Dios me pide que aplique hacia los demás.
Cristo es el auténtico intérprete de la Ley de Dios, por ello habla con autoridad, que era la que les faltaba a los escribas y a los fariseos; Cristo viene a darnos luz sobre el auténtico alcance de los mandamientos, además de enseñarnos las normas de la verdadera caridad.
El auténtico mal son “las cosas que salen del hombre” dice el Señor. Si continuamos leyendo, Jesús hace una larga lista de las impurezas que salen del hombre. Pero como nos describe San Marcos, los Apóstoles tampoco comprenden al Señor, estaban embotados por las tradiciones. “¿Así que también vosotros sois incapaces de entender?”(MC 7,18). Y Jesús les va a explicar estas palabras que les hará ver que lo creado por Dios es perfecto, y que es del interior del hombre de donde salen las cosas contaminadas; refiriéndose al pecado.
Y así les dice: “¿No sabéis que todo lo que entra en el hombre desde fuera no puede hacerle impuro, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y va a la cloaca? De este modo declaraba puros todos los alimentos. Pues decía: Lo que sale del hombre, eso hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraudes, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen malo al hombre” (MC 7, 18-23)
El corazón creado para amar, cuna del amor, de lo romántico y de lo poético de la persona, ha sido convertido en crisol donde se fragua el pecado. El odio, el rencor... No es lo creado por Dios lo que hace impuro al hombre, es lo fraguado en el corazón del hombre lo que le hace impuro, lo que le hace pecador. Y nosotros esto lo comprendemos bien, pero aun asi caemos en una u otra cosa.
Aprovechamos el tiempo de cuaresma para ir haciendo propósitos de cambio interior, desde el corazón, recordando paso a paso, el cantico de san Francisco de Asís que invita a la limpieza del corazón y al destierro de las impurezas que hacen malo al hombre
Haz de mí un instrumento de tu
paz.
Que donde
haya odio, ponga yo amor.
Que donde haya ofensa ponga yo perdón.
Que donde haya discordia, ponga yo
unión.
Que
donde haya error, ponga yo La Verdad.
Que donde haya duda, ponga yo Fe.
Que donde haya desesperación, ponga yo
Esperanza.
Que
donde haya tinieblas, ponga yo la Luz.
Que donde haya tristeza, ponga yo la alegría.
¡Oh,
Maestro!,
que
no me empeñe tanto en ser consolado como en consolar,
en ser comprendido, como en comprender,
en ser amado, como en
amar;
pues
dando se recibe,
olvidando se encuentra;
perdonando se es
perdonado,
muriendo se resucita a la Vida Eterna
“Se acercaron a él los fariseos y algunos escribas que habían llegado de Jerusalén, y vieron que algunos de sus discípulos comían los panes con las manos impuras; es decir, sin lavar” (MC. 7, 1-2).
Los fariseos vivían aferrados a las tradiciones. El mundo cambia, hay formas de la Iglesia que han ido cambiando con los tiempos, como por ejemplo la forma de decir la Misa, el idioma... Lo único que permanece inmutable es la Palabra de Dios, que es válida y aplicable a todos los tiempos. En lo referente a la Misa, vemos que ha cambiado el aspecto exterior; lo principal: la fórmula de la consagración, por ejemplo, no puede cambiar, ya que fue establecida por el Señor. Para los fariseos, esto no podía ser; tal vez porque miraban la letra y no el espíritu y la época en la que y para la que se escribieron determinadas leyes. Aquí nos encontramos con este hecho. Pero antes, vamos a leer lo que nos dice el libro del Exodo, esa ley establecida, a la que siglos después, los judíos permanecían aferrados.
“Yavéh se dirigió a Moisés, y le dijo: Harás una pila de bronce con un pie de bronce para el lavatorio. La colocarás ante la Tienda de las Citas y el altar y se echará agua en ella, para que Aarón y sus hijos se laven las manos y los pies. Que se laven con esta agua cuando entren a la Tienda de las Citas; no sea que mueran. Lo mismo cuando se presenten para cumplir su ministerio y ofrecer un sacrificio por el fuego a Yavéh, que se laven las manos y los pies, no sea que mueran; y este será un rito perpetuo para Aarón y su descendencia de generación en generación” (Ex 30, 17-21).
La Tienda de las Citas era una tienda de campaña que Moisés levantó fuera del Campamento, y que fue el primer Templo de Dios en medio de su pueblo. Comienza este capítulo San Marcos narrándonos como los escribas y los fariseos ven comer a los Apóstoles sin lavarse las manos, como correspondía a la Ley y por tanto consideraban como un acto de impureza. La línea seguida por escribas y fariseos se mantenía aferrada a la tradición, y no se quejan de una falta de higiene sino de un incumplimiento de la Ley. Si vemos lo que dice la Ley que relata el Exodo, se refería solamente a Aarón y su descendencia y no a todo el pueblo de Israel, parecer ser que esta ley fue ampliada por el judaísmo. “La purificación ritual era un símbolo de pureza moral con la que hay que presentarse ante Dios”.
“Pues los fariseos y todos los judíos nunca comen sino se lavan las manos muchas veces; observando la tradición de los antiguos, y cuando llegan a la plaza no comen, sino se purifican: y hay otras muchas cosas que guardan por tradición: purificación de las copas y de las jarras, de las vasijas de cobre...” (MC 7,4).
La tradición puede definirse como la transmisión de noticias, hechos, actividades, doctrinas o de costumbres que se van pasando de padres a hijos, de generación en generación. Por tanto son, por así decirlo, un alimento del que se nutren los grupos, las sociedades, y como es nuestro caso la Iglesia. Las tradiciones merecen todo el respeto, y por tanto deben ser cuidadas, como parte de la idiosincrasia de esos grupos, de esas sociedades, o del sentir religioso de un pueblo; y además por sus características especiales y significado. Pero esto no quiere decir que los grupos, las sociedades y hasta la Iglesia misma deban vivir exclusivamente de las tradiciones, tal como hacían los judíos quienes viven esclavizados de las tradiciones.Jesús viene a “restituir el sentido genuino de los preceptos de la Ley, que tienden a enseñar la verdadera adoración a Dios”. Podemos observar otro hecho en este pasaje. San Marcos se detiene un momento en explicar algunos de los ritos a los que se aferraban los judíos. Este hecho es debido a lo que se indicó cuando nos referimos a la figura del Evangelista y de su Evangelio. San Marcos escribe para los cristianos de origen pagano, quienes ignoraban estas costumbres judías y ante las que el evangelista quiere poner en guardia.
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está bien lejos de mí. En vano me dan culto, mientras enseñan doctrina, que son preceptos humanos” (MC 7,6).
Jesús ante las quejas de escribas y fariseos, les contesta recitando unos versículos de Isaías 29,13-14. Jesús viene a orientar la vida hacia Dios, dejando que Él entre en ella, para evitar de esta manera hacer una religión basada en preceptos humanos y en un contenido de prácticas y de creencias vacías de todo contenido espiritual. Esto también puede ocurrir hoy. Muchas veces fabricamos la religión a nuestra medida, cortando y cosiendo la Ley de Dios, de forma de hacer los preceptos asequibles a nuestra comodidad. Una vez más, los escribas y los fariseos se quejan de que los Apóstoles no cumplen la Ley. Anteriormente ya lo habían hecho; recordamos cuando se quejan que en sábado los apóstoles desgranaban espigas de trigo cuando atravesaban un campo.
“Por último, se apareció a los Once cuando estaban a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no creyeron a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará, pero el que no crea, se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y se quedarán curados” (MC 16, 14-18).
San Lucas hace, también, en este pasaje una descripción más amplia de este momento en que el Señor se aparece a los Apóstoles. Se encontraban en el Cenáculo, en Jerusalén; y estaban encerrados. A pesar de los testimonios que habían recibido no habían creído. San Lucas nos describe que “Jesús se puso en medio de ellos” (Lc 24, 36). San Ambrosio nos comenta este momento y nos dice que “penetró en el recinto no porque su materia fuera incorpórea, sino porque tenía la cualidad de un cuerpo resucitado”, (impasibilidad, claridad, agilidad y sutileza), en este caso se refiere a la sutileza que como nos lo define el Catecismo Romano: es la cualidad que hace “que un cuerpo esté totalmente sometido al imperio del alma”.
San Marcos dice que les reprochó su incredulidad. Jesús, como nos describe San Lucas les muestra las heridas de su cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo” (Lc 24, 39). Pero aún así fueron tardos a creer: “Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Como no acababan de creer por la alegría y estuvieran llenos de admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo comió delante de ellos” (Lc 24, 39-43).
“Aunque el cuerpo resucitado es impasible y, en consecuencia, no necesite ya de alimentos para nutrirse, el Señor confirma a los discípulos en la verdad de su Resurrección con estas dos pruebas: invitándoles a que le toquen y comiendo en su presencia”.
A continuación el evangelista San Marcos señala la Misión Apostólica que el Señor encargará a los Apóstoles y en ellos a cada uno de quienes hemos sido bautizados y recibido la Fe en Cristo.
No podemos pensar que Cristo solo ha venido para unos, para quienes hemos recibido el don de la Fe a través del bautismo. Nuestros ojos deben ir más allá; hacia los confines más recónditos de la tierra, hacia los lugares más inexpugnables. Esta misión apostólica que Jesús encarga a los Apóstoles, y en ellos a nosotros, deberá hacernos ver que somos los pies, las manos, el corazón y la boca de Jesús para aquellos que no le conocen, para aquellos que lo han abandonado, para aquellos que lo han perdido en la bruma del mundo. Esta misión de los Apóstoles, es también misión nuestra, porque el Señor nos llamó también desde el principio de los tiempos, y nos lo recordó en el Monte de las Bienaventuranzas, donde también estábamos junto a aquel gentío sediento de esperanza y hambriento por el vacío espiritual.
“Pero no sólo ellos, sino también toda la Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en cualquier lugar de la tierra para gloria de Dios, y hacer así que todos los hombres participen de la Redención Salvadora. Cualquier actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de Apostolado, el cual la Iglesia ejerce por medio de todos sus miembros, aunque ciertamente, de diversos modos. Por tanto, la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado”.
En la calle, en el hogar, el centro donde se estudia, en el trabajo, entre los amigos... es donde el cristiano desarrollará esta vocación religiosa, y esta llamada de Cristo a predicar el Evangelio: con la palabra, con el ejemplo.
El Señor nos dice que Fe y Bautismo son los requisitos indispensables para la salvación. Virtud y Sacramento, íntimamente unidos, inseparables, indivisibles, ya que la virtud de la fe, en el converso, desembocará necesariamente en el Bautismo, a través del cual el alma nacerá a Dios.
La Iglesia nos enseña que ante la “imposibilidad física del rito bautismal pude suplirse o bien con el martirio, que es llamado bautismo de sangre, o bien con un acto de perfecta contrición (o amor a Dios), unidos al deseo, al menos implícito de ser bautizado: a esto se le llama bautismo de deseo”.
A los que crean les acompañarán una serie de hechos, de milagros, anuncia el Señor. “En los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, estos hechos milagrosos que anuncia Jesús se cumplieron de modo frecuente y visible. Los testimonios históricos de estos sucesos son abundantísimos en el Nuevo Testamento y en otros escritos cristianos antiguos”. San Jerónimo nos explica que “los milagros fueron precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios”; esto no quiere decir, ni mucho menos, que los hechos milagrosos no volvieran a producirse. Jesús hoy, al igual que ayer y como lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos, pasa a nuestro lado haciendo el bien: sanando, devolviendo la fe, alcanzando de este precioso don a quien no teniéndolo lo busca... Jesús está vivo, y hoy al igual que ayer sale a nuestro encuentro por los caminos de nuestra vida, como lo hacía durante su vida pública, a la vez que reconforta nuestros corazones heridos por el pecado, por la miseria, por la enfermedad.
Los Apóstoles reciben el mandato del Señor de predicar el Evangelio a todo el mundo y además a bautizar. Nosotros cada año, cada curso comenzamos las catequesis con nuevo ímpetu, recibiendo a los catequizandos que primero los padres y después la Parroquia nos confían, para continuar con la educación en la fe de los niños. Y lo hacemos con la misma alegría con la que los Once fueron a cumplir, mientras iban salvando problemas que surgían en su camino y en su predicación. En ese mismo día y en especial, desde la eternidad, el Señor ya pensaba en ti y en mi para MISION, solo faltaba nuestro SI, nuestra aceptación para trabajar en su viña.
46 María exclamó:
Glorifica mi alma al Señor,
47 y s alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:
48 porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;
Por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
49 Porque ha hecho en mi cosas grandes el
Todopoderoso,
Cuyo nombre es Santo;
50 su misericordia se derrama de generación en
Generación
Sobre aquellos que le temen.
51 Manifestó el poder de su brazo,
Dispersó a los soberbios de corazón.
52 Derribó a los poderosos de su trono
Y ensalzó a los humildes.
53 Colmó de bienes a los hambrientos
Y a los ricos los despidió vacíos.
54 Acogió a Israel su siervo,
Recordando su misericordia
55 según lo había prometido a nuestros padres,
Abrahán y su descendencia para siempre.
56 María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa”. (Lc 1, 46-56)
El padre José Luis Martín Descalzo describe el cántico de María: “es como un poema con cinco estrofas: la primera manifiesta la alegría de su corazón y la causa de este gozo; la segunda señala, con tono profético, que ella será llamada bienaventurada por las generaciones: la tercera (que es el himno) santifica el nombre del Dios que la ha llenado; la cuarta parte es mesiánica y señala las diferencias entre el Reino de Dios y el de los hombres; en la quinta María se presenta como la hija de Sión, como la representante de todo su pueblo, pues en ella se han cumplido las lejanas promesas que Dios hiciera a Abrahán”.
Glorifica mi alma al Señor, desde lo más íntimo de su ser, La Virgen María alaba y da gloria a Dios. Toda su vida giraba en torno a Dios, vivía para Él, sin mirarse a sí misma. Cada momento, cada paso, cada pensamiento de María era para aquel a quien amaba intensamente, Padre Dios. Sus actos y pensamientos eran un canto de gloria a Dios desde el corazón de aquella humilde joven. María superaba cualquier momento de posible decaimiento que pudiera tener, como cualquier joven de su época, elevando su alma y su espíritu a Dios; ahora, a través del cántico, celebraba su inmensa alegría porque el mismo Dios había dirigido sus ojos hacia su persona. María se anonadó; para Ella solo existía Dios y los demás; ella no se daba importancia; su vida era la plena voluntad de Dios, era, la ¡Esclava del Señor! Como le dijera al Ángel en la Anunciación. María agradece al Padre haberse fijado en su pobre persona. A lo largo de la historia de la humanidad, vemos como Dios elige siempre a los más humildes para hacerles portadores de su mensaje. María fue elegida por Dios para hacerla portadora de La Palabra: ¡Jesús!, María agradece con su sencillez y su ternura ese detalle de Dios porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; Jesús agradecerá a las santas mujeres los detalles de finura que tuvieron para con Él, y los desvelos que tuvieron desde el momento de su muerte hasta su Resurrección gloriosa: las primeras en gozar de su presencia, después de María.
Por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Desde entonces, en el Cielo y en la Tierra, se cantan las bienaventuranzas de María. Ingentes las cantidades de personas que acuden a la Madre para alabarla, para cantarla, para estrecharla en sus corazones, para dedicarle aquello que, desde nuestro humano corazón, consideramos que es la mejor flor, el mejor detalle, el mejor regalo que podemos ofrecerla... y hasta el fin de los tiempos, la humanidad entera, seguirán honrando a María y esparciendo por el mundo, como semillas, las glorias de María.
Madre, Corredentora, Abogada... que muchas veces resumimos en ese otro nombre que damos a María: ¡Virgen! Son los piropos y reconocimientos que sus hijos hacen a la Madre. Y no solo los hijos bautizados; sino también muchos otros hijos no bautizados, acuden a los santuarios de María para venerarla y tributarla honor y gloria.
En el Rosario desgranamos cada rosa, cada avemaría, mientras pronunciamos su nombre
Al final de este canto de María, san Lucas recoge otro detalle de María; detalle que nos enseña que para la Virgen María, lo principal no era Ella, sino los demás; pues la Virgen María, estando encinta permaneció con ella unos tres meses, ayudando a su prima Isabel que también había recibido la bendición de Dios: iba a ser madre de aquel que sería puente entre el antiguo y el nuevo Testamento: Juan el Bautista.
El obispo Laureano Castán Lacoma, escribía: “María, en su humildad profunda, reacciona entonando el Magníficat para dar a Dios toda la gloria y reclamar una vez más para sí el título de esclava. Pero he aquí que, en un momento culminante de su cántico, la santísima doncella, clavada su vista iluminada en la neblina del futuro, pronuncia, sin que le tiemble la voz ni vacile su aliento estas audaces palabras: He aquí que a partir de este momento me llamarán bienaventurada todas las generaciones.”.
En el rezo del rosario a la vez que acompañamos a María y saboreamos con filial amor su nombre, la proclamamos bienaventurada, con el orgullo de reconocerla como nuestra Madre, que nos aceptó al pie de la Cruz. Cantamos sus bienaventuranzas a los cuatro vientos de forma que todos puedan conocerla y que es madre de todos, una madre que no sabría vivir sin amar al género humano y que a todos escucha: “Jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, haya sido abandonado de Vos” que entonaba San Bernardo.
Galilea es la región norte de Palestina. Está atravesada por el río Jordán. En su parte central encontramos el Mar de Galilea (lago de Tiberiades). Entre otras está formado por las poblaciones siguientes: Cesarea de Filipo, Cafarnaún, Betsaida, Corazaín, Gerasa, Magdala, Caná, Nazaret, Naín. Hacia el sur nos encontramos con el Monte Tabor, hacia la zona central el Monte de las Bienaventuranzas y al norte el Golán.
El primer hecho que nos narra San Marcos es el de la tempestad calmada:
“Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, de manera que se inundaba la barca. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal, entonces lo despiertan, y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento, y se produjo una gran bonanza” (MC 4, 37-39)
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre. Jesús siente sueño y cansancio, tiene necesidad de dormir. Duerme tranquilamente. En otras ocasiones veremos a Jesús que llora ante la pérdida de un amigo y en el momento de ir a resucitarle. También tendrá hambre y sed. De su niñez los evangelistas nos cuentan pocas cosas, pero Jesús colabora con sus padres en las tareas de la casa, ¿porqué no pensar en los amigos que tuvo y con los que sin duda jugó? San Lucas en su Evangelio nos dice “Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52). San Lucas nos indica que Jesús iba creciendo como uno de nosotros, reforzando así la naturaleza humana del Señor. “Los conocimientos adquiridos por su entendimiento humano a partir de las cosas sensibles y de la experiencia de la vida”.
Existia una creencia judía que consistía en atribuir al mar una simbología de los poderes demoníacos, lo que nos acerca al miedo de los Apóstoles a aquella tempestad, que no sería la primera, sobre todo para aquellos que estaban familiarizados con la pesca.
A pesar de los prodigios que habían visto hasta esos momentos, los discípulos no acertaban a ver en Jesús al Hijo de Dios. Tienen miedo, y ese miedo les hace no fijarse en la tranquilidad de Jesús. ¿Tal vez se sentían abandonados? Los discípulos nos representan a nosotros. Nuestra falta de fe hace que muchas veces nos dejemos vencer por la tentación del miedo, de sentirnos abandonados por el Señor. Pero Jesús, el Señor, volverá todo a la paz. Pero ni siquiera aquí descubren quien es; sino que se preguntan con asombro: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (MC 4, 41)
San Alfonso María Ligorio nos dice a este respecto que “así como la nave que atraviesa el mar, está sujeta a miles de peligros, corsarios, incendios, escollos y tempestades, así el hombre se ve asaltado en la vida por miles de peligros, de tentaciones, de ocasiones de pecar, escándalos o malos consejos de hombres, de respetos humanos y, sobre todo, por las pasiones desordenadas... No por eso hay que desconfiar ni desesperarse”,
Los discípulos en plena zozobra acuden a Jesús; los discípulos nos representan a toda la humanidad. Este pasaje nos enseña que también nosotros debemos acudir al Señor por el pecado, la falta de fe suman nuestra alma en la zozobra. Es el Señor quien nos podrá sacar de esa situación, acudiendo a Él y a traves del sacramento de la Penitencia que nos devolverá a la luz y a la gracia, devolviendo al alma la calma y la bonanza, la Paz que proviene de Dios. Una vez sobrevenida la calma hemos de procurar mantenerla por medio de la oración y la práctica de los sacramentos, medio que hace que se mantenga encendido el fuego de la fe.
La Cuaresma es un buen momento para el cambio, para evitar que el barco se meta en una zozobra peligrosa; es tiempo para pensar, para meditar y mantenerse unos y volver otros a la práctica de la oración y de los sacramentos. Es buen momento para el sacramento de la Reconciliación y que hoy nos recordaba la parábola del hijo prodigo en la Misa.
“Llegan a Jerusalén. Y, entrando en el Templo, comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas del Templo, y les enseñaba diciendo: ¿No está escrito que mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones” (Mc 11, 15-17)
El Señor exige una actitud de respeto en el Templo, que es la casa de Dios, donde el permanece en el sagrario, en espera de nuestra visita para hablarle, para escucharle, para pedirle perdón en el sacramento de la penitencia, para adorarle en la oración por excelencia, que es la Santa Misa. Cuantas veces nuestra actitud puede asemejarse a la de aquellos vendedores: desatentos en la Misa, hablando, moviéndonos, incluso llegando tarde a la celebración, entrando haciendo ruido en el templo, incluso en los momentos de la Consagración...
El texto que sigue los escribió ese gran santo y gran ejemplo de firmeza de la fe ante la muerte, Santo Tomás Moro, merece la pena leerlo: “Por lo que se refiere a nuestra conducta, las mismas cosas que hacemos nos traicionan de mil maneras mostrando que la cabeza está ocupada en algo muy ajeno a la oración. Porque nos rascamos la cabeza, y limpiamos las uñas con un cortaúñas, y con los dedos nos hurgamos las narices; y mientras tanto nos equivocamos en los que hemos de responder. Al olvidar lo que hemos dicho, nos limitamos a adivinar a la buena ventura lo que queda por decir ¿Acaso no nos da vergüenza rezar en estado mental y corporal tan falto de sentido común? ¿Cómo es posible que nos comportemos así en algo tan importante para nosotros como la oración?...”
El Templo es la Casa de Dios, y en ella nos pide un comportamiento totalmente respetuoso el Señor. Hoy ya los Templos no son lugares de venta, pero aún queda que los que acudimos a ellos cambiemos de forma de ser y de estar dentro de ellos.
La expulsión de los mercaderes va a incrementar el odio hacia el Señor por parte de los escribas y de los propios sacerdotes, que buscaban el momento propicio para detenerle; pero tenían miedo, y sobre todo habiendo visto el seguimiento que tenía por parte del pueblo.
En varios momentos del evangelio de San Marcos hemos visto la importancia que da el Señor a la Oración. La forma, filial, con la que se dirige al Padre; las formas de oración: de petición y de acción de gracia, de suplica y de sometimiento a la Voluntad del Padre. El Señor nos transmite con su ejemplo la vital importancia de la oración.
Pero la oración no es solo un acto de amor, sino también una actitud de fe del orante y así nos dice Jesús: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá” (Mc 11,24) El Señor sabe que frágil es la fe y lo pronto que somos a desesperarnos cuando no recibimos una u otra gracia al momento de pedirla. En la oración el amor y la fe van íntimamente unidos. Al acercarnos al Padre para hablarle, estamos mostrándole un reconocimiento de amor filial, y en nuestras palabras ponemos la fe, sabedores que El está escuchándonos.
¿Quiénes deben de orar? La respuesta es todos, lógicamente, pero con más fuerza debemos abrazarnos a ella los que somos más frágiles; es decir quien sabe que su fe es quebradiza como un cuenco de arcilla; quienes caemos en los embates de las tentaciones. El santo, utilizará la oración, para mantenerse en esa santidad y poder hacer frente a las insidias del maligno; los pecadores, para solicitar a Dios la fuerza necesaria para volver a su amistad. El Señor nos dice que todos debemos utilizar este acto de piedad filial; no pone barreras, dice tajantemente: “cualquiera” (Mc 11,23).
A la oración debemos acercarnos con fe, como si lo que pedimos ya nos hubiera sido dado por el Padre. Sin recelos. Sabe el Señor como de frágil es nuestra fe; pero nos pide un pequeño esfuerzo.
Santa Teresa de Jesús se dirigía así al Señor, arrojando sobre nosotros una luz, que disipe cualquier duda: “¡Oh Señor mío!, ¿por ventura será mejor callar con mis necesidades esperando que vos las remediéis? No, por cierto; que Vos, Señor mío y deleite mío, sabiendo las muchas que había de ser y el alivio que nos es contarlas a Vos, decís que os pidamos y que no dejareis de dar”.
El Señor sabe cuáles son nuestras necesidades, y bien podría solucionarlas sin que nosotros se lo pidamos; pero el ejercicio de la oración es un bien para el alma, pues el contacto con el Padre es un bien efectivo para el alma, tanto del que vive en gracia como para el que vive en pecado; a uno le hace seguir por la senda de la santidad y al otro, le acerca al camino de la conversión. Por otra parte el Señor quiere que nosotros nos acerquemos a pedirle, pues siendo la oración un dialogo de dos, al recibir las palabras del Padre, veremos más claramente nuestros fallos y los remedios para corregirlos. La oración hará de nosotros higueras fructíferas, pues nuestras obras serán regadas por la gracia de Dios.
Hágase tu Voluntad, le dice María al Señor. Abrahán, también responde al Padre con un gesto de fe. Deben ser, en primicia, María, y la fe de Abrahán, los espejos de la fe en las respuestas de nuestra vida a Dios.
Muchas veces el pecado anula la capacidad y la disposición de la persona a orar. El engaño del maligno a hacernos creer que al vernos manchados por el pecado el Señor no nos va a escuchar, y surte efecto en sus planes de separación del alma humana de Dios. El pecado hace que no nos atrevamos a levantar los ojos hacia lo alto. En la parábola del hijo pródigo, el Señor nos da respuesta para que desechemos este engaño. El ha venido a sanar a los enfermos, y enfermo es el pecador. Es la oración el mejor bálsamo para el restablecimiento de la amistad con Dios, pero eso nuestro primer paso ha de ser acercarnos a Él por medio de la oración de reconocimiento y de petición de perdón.
El Señor ve como el lugar destinado a la oración, El Templo, que es la casa del Padre, se ha convertido en un mercado, donde existe el engaño y la mentira, donde se procura engañar aumentando el costo de las cosas; pero en una palabra, se convierte la casa de oración en un mercado y en “una cueva de ladrones”. El cinismo de los fariseos, escribas e incluso del Sumo sacerdote llega a su punto máximo, cuando declaran blasfemo a Jesús, mientras ellos profanaban el templo permitiendo que sea un reducto de venta y engaño lo que debería ser un lugar de paz y oración para el encuentro con Dios.
El Templo profanado se asemeja al templo de nuestra alma y de nuestro corazón, cuando están invadidos por el pecado: el odio, la venganza, la desobediencia a Dios… el Señor lo sanea expulsando de él lo malo. El Señor expulsa el mal del alma y del corazón, cuando el pecador, hijo prodigo, se acerca al sacramento de la penitencia. El Señor limpia el Templo y también el de nuestra alma con su bendición sanadora. El Templo es nuestra alma; los vendedores son el pecado; Jesús nuestro sanador que devuelve el alma al estado de gracia.
“Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, excavó un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó allí. A su tiempo envió a un siervo a los labradores, para percibir de éstos los frutos de la viña. Pero ellos, agarrándole, lo golpearon y despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió otro siervo, y a éste le hirieron y lo ultrajaron. Y envió otro y lo mataron; y a otros muchos, de los cuales a unos los herían y a otros los mataban. Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y lo envió por último a ellos, diciéndose: A mi hijo lo respetarán. Pero aquellos labradores se dijeron: Este es el heredero; vamos, matémosle y será nuestra la heredad. Y agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará, pues, el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los labradores y entregará la viña a otros.” (Mc 12, 1-9).
Esta parábola está relacionada de cierta manera con el “cántico de la viña” de Isaías, donde canta el amor de Dios por el pueblo elegido, y lo que esperaba de él, pero que no recibió el fruto esperado.
Voy a
cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.
Mi amigo tenía una viña en fértil collado.
La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas;
construyó en medio una atalaya y cavó un lagar.
Y esperó que diese uvas, pero dió agrazones.
Pues ahora, habitantes de Jerusalén,
hombres de Judá, por favor,
sed jueces entre mí y mi viña.
¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?
¿Por qué esperando que diera uvas, dió agrazones?
Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña:
quitar su valla para que sirva de pasto,
destruir su tapia para que la pisoteen.
La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán,
crecerán zarzas y cardos;
prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella.
La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel;
son los hombres de Judá su plantel preferido.
Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos;
esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.
La viña, en este cántico, es el pueblo elegido, lo mismo que en la parábola. En el cántico se describe aquello que espera el Señor de su pueblo, en la parábola nos describe que los viñadores no sólo no producen el trabajo esperado, sino que matan a los siervos que envía; estos siervos, representan a los profetas: no escuchados y perseguidos. El hijo amado representa al Señor, que es muerto en la Cruz.
“ ¿Qué otra cosa pude hacer a mi viña que no se lo hice? ” (Is, 5,4) Estas palabras recuerdan, por su similitud, a esas otras que en un cántico de la Semana Santa ponemos en labios del Señor, clavado en la Cruz: Pueblo mío ¿En qué te he ofendido, respóndeme?.
Conocemos la Historia del pueblo de Israel, sus avatares: desde la época de esclavitud en Egipto, liberados por el Señor, conducidos por el desierto hasta la Tierra Prometida, sin faltarles la ayuda del Señor, en los momentos cruciales, a pesar de las traiciones y abandonos; la época de florecimiento con David, Salomón, la dominación asiria, el destierro a babilonia, el posterior regreso a la Patria hasta el aplastamiento de las revueltas judías. Jamás les faltó la ayuda del Señor directamente o a través de sus enviados, hasta la llegada del Mesías, el Hijo de Dios, que tampoco fue escuchado y además crucificado.
¿Qué hará pues el Señor de la viña? (Mc 12, 9). En el cántico de Isaías se describe: “derribaré el muro y será pisoteada” (Is, 5, 6). “Al final amenaza con destruir al que lo desprecia. Isaías lo sabe por haber encontrado a Dios: su amor es suave y terrible. El pueblo de Israel, verá y vivirá muchas reveses: el reino de David fracasará, Judea será destruida, el pueblo de Israel será sometido por otras naciones...”
A través de esta parábola, el Señor expone el martirio de su muerte redentora. Está claro que cuando menciona en la parábola: y lo envió, hace referencia a sí mismo, el hijo amado, es Jesús, enviado por Dios. Los siervos, se refieren a los profetas, enviados de Dios, y que hablaban por boca de Dios. A lo largo de la Historia de Israel, el Señor envía sus profetas : Samuel, Isaias, Elías, Elíseo, Amos, Oseas... que no lo tuvieron fácil, chocaron con la infidelidad del pueblo, de monarcas, de situaciones de injusticia social, a las que tuvieron que hacer frente. Al final, el Padre, envía a su Hijo Jesús, que morirá en la Cruz. Esta parábola va dirigida a los dirigentes del pueblo de Israel, tal como nos lo confirma el evangelista, pero la soberbia de éstos les impide reconocerlo.
El Pueblo de Israel era el pueblo elegido por Dios, motivo suficiente para que llevara a cabo los mandatos del Señor y para que fueran ejemplo para el resto de las naciones. Pero al igual que la parábola, aquel pueblo no produce. El pueblo de Israel sabedor que era el elegido vivió despreocupado, manifestando un rencor hacia aquellos que no participaban de su fe. Era un pueblo aprisionado por la letra de la ley y las tradiciones antiguas, a las que los sometían los sacerdotes. El Señor viene, entre otras cosas, a cambiar este estado de cosas, por lo que será perseguido por los sacerdotes, fariseos y escribas. Esta cerrazón en la que viven hace que no comprendan o no quieran comprender aquella parábola.
Que para los marxistas sigue siendo la religión el “opio del pueblo” eso sigue latente al paso de los años, a pesar del fracaso de esta ideología en lo social, lo economico y en lo político. Una ideología obsoleta que ha dañado lo mas intimo del ser humano, su alma y su pensamiento No ha resuelto nada, ni ha presentado soluciones algunas a los graves problemas humanos. Solo revoluciones cruentas, lucha de clases, generando odio entre las personas. En España vemos que tampoco han evolucionado. El socialismo fue una desgracia durante la republica y lo sigue siendo ahora, como lo están demostrando. Una desgracia que ha sumido en el paro a más de cuatro millones de trabajadores, que muchos de ellos han perdido sus hogares, viéndose destinados a comer en comedores sociales, que no dan a basto. Eso si, mantienen sus rencores hacia toda idea de Dios y lo podemos ver en la pasada de España por la mano del Señor Zapatero. Con él España ha pasado de desaparecer del G8, por la política gubernamental sobre economía que ha logrado que el paro alcance cifras record, a estar a la vanguardia en leyes antisociales como la del aborto, a la que consideran como un bien social y necesario.
Lo mas triste de este panorama español, los millones de católicos que siguen apoyando esta política del señor zapatero, quienes al favorecer con su apoyo la ley del aborto se han posicionado como “fuera de la Iglesia”; y no es que la Iglesia los eche, son ellos mismos quienes se echan, al romper sistemáticamente y con pleno conocimiento con el sagrado derecho a la vida. Aborta no solo la madre que decide matar a su hijo en sus entrañas, sino el medico, la ats, el anestesista, el padre que da el si, el votante que da su papeleta a una ideología que apoya plenamente el aborto.
“Una de las razones de este descenso puede encontrarse en «las nuevas trabas» que la Ley Orgánica de Educación (LOE) ha introducido «para que los alumnos opten en igualdad de oportunidades por la enseñanza de la Religión católica en los distintos tramos de enseñanza», denuncia la Conferencia Episcopal Española (CEE). Entre estas dificultades, los obispos destacan la configuración de la asignatura «como si fuese una materia marginal y un peso añadido a la carga curricular». No obstante, celebran y agradecen que, a pesar de los «graves impedimentos», los padres y alumnos ejerzan cada año, «voluntaria y mayoritariamente», su derecho fundamental de elegir la formación religiosa y moral católica”. Se leía en la razón del día 8, refiriéndose al descenso del alumnado en las clases de religión. ¡No va a descender! Las presiones del gobierno y del ministerio sobre esta asignatura, hace crecer un temor lógico en los alumnos y padres de alumnos, previendo “presuntas represalias”, amen de la devaluación que han hecho de esta asignatura “que si era o no puntuable a final de curso”. No han sido más que una zancadilla de tras de otra y luego se tildan de respetuosos con las otras ideas.
Desde la llegada del señor Zapatero a la presidencia del gobierno, la Iglesia católica, y en ella quienes la siguen, se han visto especialmente dañados `por las decisiones tomadas. Pues siendo el mas clamoroso y grave ataque el del derecho a la vida, que la Iglesia defiende porque “ ha de ser tenida como sagrada”, porque ha sido creada por Dios, con la despenalización del aborto, siguiendo por el bombardeo a la institución de la familia, continuando por la ley de educación, dañando gravemente el derecho a al educación religiosa, se puede decir que existe, de forma encubierta, muy democrática, una persecución religiosa que además rompe con el espíritu y letra de la constitución que se supone debe cumplir y hacer cumplir.
Decía en otro escrito, días pasados, que si durante la republica hubo una persecución religiosa cruenta que no ha querido recoger el señor zapatero en su memoria histórica, con millares de asesinatos (violaciones, torturas y ejecuciones en las cunetas y paredones de cementerios). En la actualidad LA PERSECUCION existe, pero de forma encubierta, tratando de acorralar desde la cabeza la fe de un pueblo y otra de las pruebas es el intento de arrancar de raíz el símbolo del cristiano: La Cruz.
Más gimnasia, menos religión. Esta es una de las frases lapidarias del señor zapatero para las elecciones generales del 14 de marzo, con la que se adivinaba entonces quien es el que iba a regir los destinos de la nación y cuál va a ser su línea de acción. Y no nos equivocamos ni un ápice. La Iglesia está en el punto de mira y de hecho, jamás se la ha provocado tanto, con ningún otro gobierno de la democracia, como con los gobiernos del señor Zapatero, el mismo que acudió al desayuno nacional de oración. ¿Pero que oración? ¿A quien rezaba el señor zapatero? ¿Al viento, tal vez? La tragicomedia que representó es digna de recordarse siempre, para que nadie pierda el norte de cuales son sus pasos y sus intenciones. “Detrás del cristianismo se esconden la Inquisición, la tortura, la quema de libros, la aberrante enseñanza moral de la Iglesia en materia sexual, (Alto dirigente del PSOE), otra frase lapidaria de un dirigente socialista. ¿Hablamos de Inquisición? ¿Hablamos de los asesinatos de la Republica?: sacerdotes, religiosas, religiosos, hombre, mujeres, niñas y niños por el mero hecho de ser cristianos y de no abrazar la filosofía marxista o por ser terratenientes, o por ser militares no adictos a la republica marxista que intentaron en vano implantar, bajo los auspicios de la unión soviética, o por ser meramente sospechoso de no comulgar con el régimen de entonces, eso es Inquisición, eso es tortura. ¿Pero que alguien me diga en que pagina de la desmemoria del señor Zapatero se encuentra todo eso? ¿A lo mejor podría asesorarle cierto ex parlamentario condecorado por no sé qué meritos?
Y así va España, pero ni se arriará la Cruz ni se dejará de enseñar la doctrina cristiana a todo aquel que lo desee. Frente a la persecución, resistencia; frente al aborto, lucha por la vida, frente al intento de destrucción de la familia, la mantendremos en pie y seguiremos el ejemplo de aquella Familia sagrada de hace 2010 años.
"Y sucedió que en aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán" (MC 1, 9). Este pasaje tan importante para nosotros ha sido causa de asombro para muchos, creyente y no creyentes. ¿Por qué se bautiza Jesús? ¿Tenía que bautizarse? . Sabemos que Jesús además de verdadero Dios es verdadero Hombre, que es el Hijo de Dios. Jesús se hizo igual a nosotros en todo, salvo en una cosa: el pecado; por tanto, tampoco heredó el pecado original, ni tampoco fue contaminado por éste, ya que la Virgen María, nuestra Madre, fue preservada por Dios de toda clase de pecado, incluido el pecado original, ya que María iba a ser el primer sagrario viviente en donde iba a morar Jesús.
¿Entonces? . Los Padres de la Iglesia nos explican este hecho con toda claridad.
1º. - "Porque quien iba a establecer la Nueva Alianza convenía que reconociera y aceptara la misión de su Precursor, siendo bautizado con aquel Bautismo" 2º. - "Para cumplir con toda justicia, lo que significa cumplir con la Voluntad de Dios". El significado de la palabra justicia en la Biblia tiene variados significados; entre ellos destacamos el de santidad, el de hacer la Voluntad de Dios, el del cumplimiento de todo lo establecido por Dios.3º. - "Para darnos ejemplo de humildad". 4º. - "Para dar fuerza vivificante al agua del Bautismo"
Jesús no sólo va a redimirnos del pecado y anunciarnos la venida del Reino de Dios, sino que además va a ser el espejo donde nosotros debemos mirarnos. En el anuncio que hace San Juan el Bautista vemos una descripción simbólica de Aquel que viene a continuación de él, para que no vean en él, en el Bautista, poder alguno, ya que el que viene detrás si lo tiene. “Y predicaba diciendo: Después de mí viene el que es más poderoso que yo, ante quien yo no soy digno de inclinarme para desatar la correa de sus zapatos” (MC 1,7)
Juan se presenta como el precursor que anuncia la llegada del Mesías que bautiza no sólo con agua sino “en el Espíritu Santo”(MC 1,8). Juan no habla en pasado, sino en futuro, no habla de que vendrá un perdón, una reconciliación, sino que ya está aquí el que tiene el poder para perdonar y quien nos va a reconciliar con Dios. Anuncia que la salvación ya ha llegado.
Cuando Juan el Bautista hace referencia a que “es más poderoso que yo”, no se refiere lógicamente a fortaleza física, sino que podemos traducirla como autoridad. Jesús es Dios y por tanto es el único que habla con Autoridad, con auténtico conocimiento de Dios. Veremos como cuando Jesús predica, las gentes se quedan maravilladas de su predicación, no sólo porque predicaba con amor, atendía a las gentes con amor, sino también porque lo hacía con Autoridad
Nos narra San Marcos que "nada más salir del agua vio los cielos abiertos y al Espíritu que en forma de paloma, descendía sobre Él; y sobrevino una voz desde los Cielos: Tú eres el Hijo mío, el Amado, en Ti me he complacido" (M1,). ¿Pero qué significa esta presencia del Espíritu Santo?. Jesucristo es Dios y por lo tanto posee la plenitud del Espíritu Santo, y esta plenitud la poseía desde el momento del la Concepción, lo cual esta definido por el dogma de fe de la unión hipostática; es decir, la unión de la naturaleza humana con la naturaleza divina. Esta presencia del Espíritu, este descendimiento sobre Jesús, nos expresa "que así como Jesús iniciaba de modo solemne su oficio mesiánico, el Espíritu Santo comenzaba su acción por medio de Jesús". Con la presencia del Espíritu Santo comienza Jesús su ministerio público. También hay que hacer notar que el Señor no recibe su filiación divina con el Bautismo, como nosotros, sino que es Hijo de Dios desde toda la eternidad.
Tú eres el Hijo mío, el Amado, en Ti me he complacido, leemos en San Marcos estas afirmaciones de Dios Padre, dirigidas a Jesucristo, “el Padre declara su amor sin límites” (...) “esta explosión sin límites de amor divino es la respuesta al compromiso de Jesús y la aprobación plena de la línea que se ha propuesto seguir”. Jesús se hace uno como nosotros, excepto en el pecado,, para liberarnos de la muerte eterna, para reconciliarnos con el Padre, y lleva su misión hasta la Cruz. El Padre permite la entrega de su Hijo por nosotros
Respecto a la figura de la paloma con la que se presenta al Espíritu Santo los Padres de la Iglesia la significan que Jesús nos trae la reconciliación con Dios. Si echamos una mirada hacia atrás, y más exactamente al pasaje del Diluvio Universal descrito en la Biblia, la paloma vuelve a aparecer como símbolo de la reconciliación entre Dios y los hombres, "la paloma regresó al atardecer, trayendo en su pico una rama verde de olivo"(Gen 8, 11).
Otra controversia surge acerca si esa presencia del Espíritu Santo, y la audición de la Voz de Dios fue oída y vista por los allí presentes o solamente por Jesús y por Juan. Los Padres de la Iglesia afirman que lo descrito en los Evangelios sobre este fenómeno ocurrido tras el Bautismo de Jesús pudo ser contemplado y escuchado por los allí presentes; es decir, fue una realidad externa, si bien algunos teólogos cristianos se definen por la realidad interna; es decir, que sólo participaron de esta presencia y de esta audición Jesús y el Bautista.
Tras este Bautismo de Jesús, el Señor nos va a hablar de un nuevo Bautismo que ha de recibir. En efecto Lucas y el mismo Marcos nos describen en sus Evangelios estas palabras.
"Podréis... recibir el bautismo con que yo soy bautizado" (MC 10, 38), les dice Jesús a los hijos del Zebedeo, cuando tratan de disputarse que lugar ocuparán al lado del Señor.
"Tengo que ser bautizado con un bautismo..."(Lc 12,50). Está claro que a aquel primer bautismo en las aguas del Jordán le habría de seguir otro, el bautismo de sangre, con su muerte en la Cruz, con la que nos alcanzará la Reconciliación con Dios. Y así nos lo reflejan los autores cristianos: Con el bautismo de Jesús en el Jordán, el Señor comenzó a lavarnos los pecados; con su muerte, asumió nuestros pecados. Por tanto sin con su muerte asumió nuestros pecados, con su bautismo en el Jordán se bautizó por cada uno de nosotros.
“Habiendo resucitado, al amanecer del primer día de la semana, se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. Ella fue a anunciarlo a los que estaban con él, que se encontraban tristes y llorosos. Pero ellos al oir que estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron” (Mc 16, 9-11).
Anteriormente María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, nos relata el evangelista, habían comprado aromas para embalsamar el cuerpo del Señor. Ellas se acuerdan de ese detalle. Momentos antes de introducirlo en el sepulcro, después del descendimiento “ Nicodemo y José de Arimatea lavaban el cuerpo ensangrentado con esponjas ...limpiaban su cuerpo como si fuera el de un niño...” después, ya en el sepulcro “ comenzaba el rito de la unción... comenzaron a envolver” el cuerpo de Cristo “las mujeres impregnaban primero la cinta con ungüentos, luego la enrollaban fuertemente como un vendaje... Finalmente envolvieron el cuerpo en la sábana en que lo habían traído... No se quedaron satisfechas...Pensaban que el domingo rematarían lo que ahora hacían a medias” describe el padre Martín Descalzo. Son todo un ejemplo de delicadeza, de celo y de amor hacia el Señor y a la vez una nueva lección de catequesis que podemos extraer de las páginas del evangelio para llevar a nuestra vida diaria. La delicadeza, la valentía, el no dar importancia a las dificultades, enarbolan las virtudes de estas mujeres. Se levantan muy temprano, de madrugada, para poder llegar cuando el sol sale junto al sepulcro; no quieren perder un instante; no quieren dejar para más tarde el embalsamamiento del cuerpo de Cristo.
Los habían comprado con todo cariño del mundo, como cuando compramos regalos a nuestros padres deseando que sean los mejores. Le prepararon el ungüento. Celo, delicadeza, corazón ... es así como hemos de tratar todas las cosas del Señor; así, como nos enseñan aquellas santas mujeres. Sin reparar en las dificultades. Si echamos una mirada hacia atrás, podemos recordar aquel pasaje en que María unge al Señor con aromas de nardo, cuyo coste era elevado y que es causa de queja de los presentes. Si buscamos en el hecho de María el sentido espiritual, alcanzaremos a ver la grandeza; pero también, a pesar del costo elevado de aquellos aromas, la grandeza de la acción de María es digna de elogio: el amor a Dios no debe tener obstáculos; nada debemos regatear a Dios: ni la oración, ni el esfuerzo personal en nuestra conversión. El no regateó ni sufrimiento, ni el en dar hasta la última gota de su sangre por nuestra salvación.
Ninguno de los evangelistas, señala el hecho que se apareciese a su Madre, María. Este silencio no indica que nuestra común Madre, la Virgen María, no experimentara el gozo especialísimo de ver a su Hijo, Jesús; este silencio, más bien, nos lo da por supuesto. Ese diálogo de AMOR entre Madre e Hijo queda y anima nuestra fe. Este silencio no puede llevarnos a negar que la Virgen María gozara, antes que nadie, de Cristo Resucitado: porque ella es su Madre, porque ella es clave especialísima en la Redención del género humano, porque ella, como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie lo hará jamás, confió plena y ciegamente en Dios, e hizo su Voluntad sin la más mínima reserva. Sin embargo nos dicen, estudiosos bíblicos que a la Virgen María : “ se le aparece a solas, puesto que esta aparición tenía su razón de ser muy diferente de las demás apariciones a las mujeres y a los discípulos. A estos habría de reconfortarles y ganarlos definitivamente para la Fe. La Virgen María, que ya había sido constituida en Madre del género humano, reconciliado con Dios, no dejó de estar en ningún momento en perfecta unión con la Santísima Trinidad. Toda la esperanza de la Resurrección de Jesús que quedaba sobre la Tierra se había cobijado en su corazón”.
Los textos evangélicos poco nos hablan de María Magdalena; casi lo suficiente para que no nos sea desconocida en el momento de la aparición. María Magdalena, otra mujer a la que Dios elige para anunciar la primicia de la Resurrección del Señor. Algunos escritores la denominan “catequista de los apóstoles”, porque el Angel primero, el Señor después la enviarán a anunciar el hecho; y es que los catequistas de hoy y de siempre tienen por vocación el anuncio de la Resurrección de Jesús, además del anuncio del Reino de Dios y todo lo que ello lleva consigo. María Magdalena, después de la Virgen María fue testigo excepcional de la Resurrección del Señor, ya que antes que los Apóstoles tuvo ese privilegio, y antes que el mismo Pedro. “El decidido amor de estas mujeres hacia Cristo, impulsa en cuanto lo permite la ley a ir a embalsamar el cuerpo inerte de Jesús. El mismo amor, les hace no reparar en las dificultades . Y el Señor premia la delicadeza con otra mayor: ser las primeras que tendrían noticias de su Resurrección”.
En los textos evangélicos podemos contemplar esta delicadeza de las santas mujeres, que son una lección para nosotros, acerca de cómo hemos de tratar todo lo relacionado con el Señor; y este trato ya no solo se refiere al modo en que hemos de acercarnos a recibirlo en la Sagrada Eucaristía: con el máximo amor y respeto, rebosantes de alegría, con infinito agradecimiento, pues no siendo merecedores de tanta dignidad, el Señor, con la Comunión, va a pasar a morar en nuestra alma, a veces tan ruinosa y semejante a aquel templo que encontró San Francisco de Asís; esta delicadeza debemos extenderla también al trato de los objetos de culto, de lectura sagrada ...
El Señor premia la labor de aquellas mujeres. Con nosotros también el Señor tiene delicadezas; pero nuestro estar metidos en el mundo, muchas veces nos impide verlas. El Señor no se guarda para si el amor que nosotros le entregamos, sino que nos lo retorna aumentado y convertido en sus suaves delicadezas. Hoy al igual que ayer, Jesús pasa por nuestro lado haciendo el bien. El Señor da la Paz, elimina nuestros miedos y temores, derrama sobre nosotros el suave bálsamo restaurador; lo hizo con María Magdalena, que tras contemplar al Señor va a anunciar la Buena Nueva con el corazón rebosante de alegría. Como nos describe San Juan, el Señor la encuentra triste y llorosa porque no sabían que habían hecho con el cuerpo de Jesús. Ya no existe en María Magdalena aquel temor, ahora corre de prisa a anunciar la Noticia, no piensa en que nadie la crea; no le importa, es testigo excepcional y va a transmitirlo. Nosotros, los cristianos también somos testigos excepcionales de la Buena Noticia porque la hemos recibido, y porque la sentimos y la vivimos; somos testigos de que Cristo, el mismo que ayer anduvo por Galilea haciendo el bien, vive en nuestra alma, y como tales, al igual que María Magdalena, los pastorcitos… hemos de transmitirlo con la misma alegría y decisión que aquella santa mujer.
¡Ha resucitado!, corre a contarlo. ¡Ha resucitado!. Pero el ambiente desolador que había en las almas y en los corazones de los discípulos, les incapacita para creer lo que les cuenta María Magdalena. Por otra parte, pensarían, que de ser cierto ¿Cómo no lo iban a saber antes ellos que le habían acompañado todo el trayecto de su vida pública?. San Marcos nos descubre el panorama; también San Lucas, en el precioso pasaje de Emaus: “Se encontraban tristes y llorosos” nos dice San Marcos y San Lucas: “sus ojos estaban incapacitados para reconocerle” (Lc 24, 16). Con la muerte del Señor en la Cruz, se les había hundido el mundo; parece como si las enseñanzas de Jesús se les hubieran borrado de las mentes, que hasta ni recordaban los anuncios que sobre su Resurrección había hecho. Tenían el alma desesperanzada, sin gozo, desorientados.
Esta incomprensión a María Magdalena, se volverá a repetir cuando los dos discípulos que iban camino de Emaús cuenten que habían visto a Jesús, que tampoco fueron creídos. “Esta resistencia de los Apóstoles constituye para nosotros una garantía más de la veracidad del hecho de la Resurrección de Jesús. Ellos, que estaban destinados a ser testigos directos y autorizados del Resucitado, se resisten a aceptar el contenido de lo que ha de ser su testimonio ante todos los hombres, hasta que no lo comprueban de una manera inmediata y palpable”.
Pero luego lo verán y lo comprenderán, cuando caiga el velo de sus ojos. Cuando el Señor este junto a ellos.
“Y estando en Betania en la casa de Simón el leproso, cuando estaba sentado a la mesa, vino una mujer que llevaba un frasco de alabastro con perfume de nardo puro de mucho precio; y rompiendo el frasco, lo derramo sobre su cabeza. Algunos de los presentes, indignándose en su interior, decían: ¿Por qué se ha hecho este derroche de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios, y darlo a los pobres. Y se irritaban contra ella.
Pero Jesús dijo: Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo, pues a los pobres los tenéis para siempre con vosotros, y podéis hacerles bien cuando queráis; a mí, en cambio, no siempre me tenéis. Ha hecho cuanto estaba en su mano: se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. En verdad os digo: donde quiera que se predique el Evangelio en todo el mundo, se contará también lo que ella ha hecho, para memoria suya” (Mc 14, 3-9)
“Era costumbre de la hospitalidad antigua honrar a los huéspedes ilustres con agua perfumada. Esta mujer trató al Señor con una delicadeza exquisita al derramar sobre Él un frasco de perfume de nardo. Es evidente que esa acción agrado mucho al Señor. El precio de trescientos denarios era aproximadamente el sueldo de un obrero durante todo un año; la acción fue, pues muy generosa. El romper el frasco para derramar hasta la última gota de perfume, sin que pueda servir ya a nadie más, sugiere que Jesús lo merece todo”
El Padre José Luis Martín Descalzo nos narra esta bellísima escena, cabe mencionar que poco tiempo antes se había producido la resurrección de Lázaro, que no recoge el evangelista San Marcos:
“Precisamente en honor de Lázaro se celebraba un importante banquete en casa de otro ilustre fariseo, conocido como Simón el leproso, que quizás era otro de los favorecidos con un milagro de Cristo. Marta, la hermana de Lázaro, dirigía el servicio. Y María, que quizá no encontró otra manera mejor de agradecer a Jesús el favor que poco antes habían recibido, se arrojó a los pies del Maestro, como antaño había hecho otra pecadora ( o tal vez ella misma). Llevaba en sus manos uno de esos vasos de alabastro de cuello alargado en los que los antiguos solìan guardar los perfumes. En el frasco había (el evangelista lo señala con toda precisión) una libra de perfume de gran valor. Asombra el detallismo del narrador; era sabido entre los antiguos (y Plinio lo precisa) que el perfume de nardo era frecuentemente adulterado y que, en cambio, el auténtico se vendía a precios realmente astronómicos. Judas experto en economía, lo sabía muy bien. De ahí su escándalo: ¿Por qué este derroche? Este ungüento se podía vender en más de trescientos denarios y darlo a los pobres. Era una cantidad verdaderamente alta. Superior a la paga de un trabajador en todo un año; suficiente, según la estimación de Felipe en otra ocasión, para dar de comer a cinco mil personas”. (Jn 6,7)
Y Judas no se quedó solo en su escándalo: otros apóstoles y varios fariseos se unieron a las protestas: Pero en los demás estas protestas eran sinceras, aunque equivocadas. En Judas, puntualiza, casi con crueldad, Juan eran insinceras: Dijo esto, no porque le importaron los pobres, sino porque era ladrón y teniendo la caja se llevaba de lo que había en ella (Jn 12,6). La frase del evangelista es dura y demuestra que ya entonces sentía una evidente hostilidad hacia Judas...”
La actitud de María es un ejemplo para los presentes y para quienes nos asomamos a las páginas de Evangelio, de la finura con la que hay que tratar al Señor y todo aquello que tiene referencia. Ella tuvo ocasión de hacerlo en la persona humana de Cristo; nosotros en su Cuerpo sacramentado: recibiéndole, visitándole en el Templo, y a través de la oración. Es evidente que a cada paso, en el Evangelio encontramos una respuesta del actuar del cristiano, sin necesidad de acudir a lugares extraños a buscar.
El perfume puede ser también el símbolo de la vida del cristiano, que debe ser derramada para Dios hasta la última gota, al igual que lo hizo María, sin que le doliera, sin que mirara el coste, sin regatear un céntimo, como la viuda pobre que dio hasta lo que no tenía. También hoy, muchos cristianos a ejemplo de María, derraman en honor de Dios todo el perfume de su vida, entregándose a Él con generosidad, rasgo de amor que muchas veces es incomprendido por parte de sus más allegados: familiares, amigos, compañeros, incluso por la sociedad, como incomprendido fue el rasgo de María por parte de muchos de los allí presentes, hasta por algunos de los discípulos, como nos lo describe el evangelista. Muchos se escandalizaban del derroche de María, muchos se escandalizan de aquellos jóvenes que en la flor de la juventud abandonan todo para servirle.
El Señor, como respuesta a aquellas críticas, agradece el gesto de aquella mujer. El Señor también, y no hace falta decirlo, agradece el gesto generoso de todos aquellos que derraman su vida en honor y servicio de Dios.
La actitud de María en agradecimiento al Señor no solo por honrarles por la amistad dada a su familia, sino también por devolver a la vida a su hermano. Si fuéramos mas finos, más delicados, en las atenciones prestadas por el Señor hacia cada uno de nosotros, podríamos ver cuántos motivos de agradecimientos tendríamos; seguramente más de un frasco de perfume habríamos de derramar sobre su cabeza. Cuantas atenciones ha derramado sobre cada uno de nosotros, de nuestros familiares, de nuestros amigos o de aquella persona que queremos de una manera especial. Cuantas veces el Seños nos ha sacado de tal o cual problema sin que nosotros empezáramos a pedírselo. Creo que si fuéramos mas finos no pararíamos de ofrecerle uno u otro detalle de agradecimientos, sin mirar el coste, como María.
El 6 de marzo de 1938 caía por impactos, en el pañol de municiones y el puente, tras el lanzamiento de 12 torpedos salidos de los destructores de la escuadra roja, de las hordas de los sin Dios, de aquellos que pretendieron matar la fe a base de asesinatos, paseíllos y ejecuciones en las cunetas por dos motivos: AMAR A DIOS Y AMAR A ESPAÑA. Y estos hechos no aparecen en la memoria histórica que ha creado el señor Zapatero, y ni estos crímenes contra la humanidad son investigados por el señor Garzón. Por algo será, porque no quieren que salga a la luz del mundo los salvajes crímenes realizados por las hordas republicanas.
El resultado del ataque, fue la muerte de 788 hombres, con sus mandos; de los que hay que decir que no abandonaron la nave, y que prefirieron morir antes que dejar a los hombres que heridos no podían abandonar el barco. El honor y la dignidad volvían a poner un broche de oro sobre la bandera roja y gualda, teñida por la sangre de los héroes que a lo largo de la historia de nuestra nación, la han defendido a costa de sus vidas, por su Fe, grandeza y unidad.
Hoy se les ha llevado al más triste de los olvidos, porque ya no se habla de
honor, ni de grandeza, ni de héroes, ni de una España grande, ni de Patria. Todas las gestas se han borrado de los libros de historia por los nuevos próceres; todo parece haber quedado obsoleto
en el alma para las nuevas generaciones. Ahora escriben la historia con otros lápices que no hablan ni de valores, ni de dignidades. Todo parece haberse tirado por la borda, dando paso al culto al villano, al que desune, al que traiciona a España con sus soflamas independistas, al que procura
con sus políticas llevar a España a los últimos lugares en el concierto de las naciones.

El 6 de marzo de 1938, sigue patente pese a quien pese, en los corazones de muchas familias que vivieron trágicamente aquel día. Y se volverá a recordad otra vez, cada año, porque el honor es la divisa del buen español, el que siente a España dentro de su alma y el que defiende la Fe en la que nació, el que siente su unidad y grandeza y el que recuerda a cada caído en defensa de España en toda su historia.
Ya no se recuerda a nuestros muertos o se les mezcla con aquellos que empuñaban sus pistolas en las cunetas o las bombas incendiarias contra las iglesias, o aplicaban hasta la muerte las torturas en las chekas y hasta se condecora o se paga los atrasos a quienes dirigieron el desaguisado que terminó en el Alzamiento Nacional con el único objetivo de devolver a España la paz y el orden que la republica la había sustraído.
Aquel día murió por Dios y por España mi hermano Manuel García Marín, formando hoy parte de la grandeza de España que llevamos en nuestro corazón muchos españoles, es un lucero más que ilumina nuestra nación, esos luceros que este gobierno trata de apagar, queriendo dar paso a otros que pretendieron sembrar a España la oscuridad de los sin Dios. Que sepa la Marina Española, ayer con un corazón tan patrio, que si ella llega a olvidar a sus hijos caídos, somos muchos las españolas y españolas que con honor los recordamos y recordaremos hasta la eternidad. ¡Honor y honra nuestros muertos!