(A Margarita mi hermana cuya vida hecha oración, generosidad y
entrega debe ser el camino y la fuerza para no abandonar)
Hablar en este tiempo, en que el descreimiento parece ser el estado predominante del hombre, sobre los ángeles, el cielo, los milagros o de la existencia misma del
infierno puede resultar chocante y hasta trasnochado para quienes los consideran hechos latentes del subconsciente humano y que el hombre religioso solo los utiliza según su estado de
necesidad. Pero lo cierto es que por muy modernos y avanzados que sean los pensamientos del hombre de hoy, hay unos hechos que son inmutables e incuestionables, por ser verdad revelada en las
Escrituras bajo la acción del Espíritu Santo. Otros, los milagros, apoyan la doctrina de la verdad revelada o confirman la autoridad de un enviado de Dios.
Pero no es de los ángeles de los que quiero hablar; esos seres espirituales, cuya misión es la de servir a Dios en sus planes salvíficos u otros de tipo especifico, tales
como de ayuda, intercesión y defensa del hombre, propio de los ángeles custodios. Mi pensamiento está aquí abajo, en la tierra, junto a esos hombres, mujeres, jóvenes y niños de bien que con sus
obras y ejemplo han marcado una huella a seguir en su caminar por el mundo. Cuántas veces el hombre levanta pedestales a éste o aquel prócer de las ciencias, de las letras, las artes... y con qué
facilidad olvidamos a quienes cruzándose en nuestro camino, viviendo en nuestras vidas han dejado el sello de la bondad, de la paz, de la alegría, de la fragancia de la fe, el perfume del
amor a Dios y hasta quizás aquella sonrisa que, sacando fuerzas de flaqueza, nos brindaron con todo el amor del mundo.
Estos son los ángeles humanos a quienes deseo recordar en alta voz, como homenaje particular, y en el mismo, acoger a esas gentes de bien que alegran un poco la cara de
este mundo triste. Son ellos, y tantos más, la confirmación, hecha realidad, de que el hombre, en tanto que cumple la voluntad de Dios, participa activamente en sus planes de salvación hacia la
humanidad y además son el testimonio que da vida a la Iglesia de Cristo.
"¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Ellos respondieron: Podemos " (Mt 20,22). Ciertamente, nes han probado el
cáliz del Señor no precisan de pedestales humanos, ni de aclamacions públicas. Ellos, con toda certeza, lo tienen y muy alto. Ahora nos preceden en la gloria del Padre y donde " enjugará
Dios toda lágrima de sus ojos " (Ap. 21, 3).
Margarita, mi hermana, es para mí uno de esos ángeles humanos que con su vida ha demostrado cual es y donde está su verdadero sentido. Es también la aplicación del
Evangelio desde cuyas páginas se desprende que al igual que Cristo hemos de cargar con la Cruz. ¿Sufrimiento? ¿Tristeza? ¿Dolor? ¿Preocupaciones? Ya lo creo que las tuvo y sin exagerar de
gravedad extraordinaria; la práctica de la fe, la esperanza de un día poder ver el rostro de Dios cara a cara, el desarrollo del trabajo de cada día, y la del espinoso camino del dolor, del
sufrimiento y de la contrariedad que ejemplarmente tradujo al lenguaje autentico y único de la fe : Fíat ! ( ¡ Hágase ! ), con alegría, con paz ,con un desbordante amor a Dios y hacia sus
seres queridos, entregada a sus padres, que día a día sufrían en callado silencio y también ,pues no podía ser de otra forma, hacia los demás para quienes había palabras de consuelo y
sonrisas llenas de amabilidad.
Escribía el padre Martín Descalzo, en uno de sus magistrales artículos de actualidad perenne que " la hierba (como todas las cosas
grandes e importantes de este mundo) crece de noche, en el silencio, sin que nadie la vea crecer. Porque bondad y bien, empalman con silencio”. Cuánto más llegan al corazón aquellos hechos
que nacen en el silencio; cuna donde se mece la humildad; forja en la que se acrisola la santidad de las almas. Y es que el mundo no sólo es esa página negra de sucesos que se nos presenta cada
día: guerras, asesinatos, robos, fraudes, corrupciones, odios....son ellos esa hierba que crece y pintan de esperanza las ilusiones un tanto rotas de esta sociedad. Es ella, mi ángel
humano, la hierba que creciendo en el silencio da mayor colorido y esplendor a un mundo ajado y marchito por sus propias desdichas.
Es ella, ¿por qué no?, la mejor señal que nos dice que Dios no es hoy testigo ciego y sordo de la historia y trayectoria del hombre y su mundo. Pues a pesar de la
respuesta ingrata dada por el hombre no hizo que, la máxima expresión del amor de Dios reflejada en la Pasión y muerte de Cristo agotara la fuente de su infinita misericordia. Muy al contrario.
Dios que escribe distinto a nosotros desborda con su amor y perdón de Padre lo que nosotros anegamos con rencor, odio o rechazo, a la vez que en un dialogo inagotable de amor derrama
torrentes de gracia infinita, mientras nos habla con un lenguaje humano e inteligible, tantas veces a través de los acontecimientos de la vida diaria, personal, familiar tras los que hay un
común denominador que los unifica " Convertidos a mí de todo corazón " (Joel 2,12).
Es ella también el lenguaje humano de Dios. Margarita ha sido, a ejemplo de Cristo, la expresión de la voluntad hacia el Padre
aceptando el cáliz amargo del dolor, que es la luminaria que nos indica el camino para alcanzarle. Es esa huella, cuya impronta hemos de pisar para caminar cada día sin desalientos, con
paciencia y con esa sonrisa que tantas veces falta. Es en su alegría, la muestra de la esperanza y del gozo que anima a seguir trabajando a pesar de las contrariedades que puedan surgir y el
deseo de saber cargar con la Cruz que un día abrazó sin recelos, sin miedos, generosamente.
Decía León Blody " cuando un gran hombre muere siempre añade algo a la Vía Láctea. Si este hombre es un gran poeta añade algo más
todavía: el alma, pero si demás ha vivido inmerso en la carne de Cristo flagelada por el dolor, ha dejado algo más, la mano de Dios extendida hacia
sus semejantes.
Gracias mi querido ángel por ese rasgo de amor que ha trascendido por encima de tu propio dolor; gracias por enseñar, con el ejemplo a imitación de Cristo, como se practica la fe en la que,
fuimos educados y que un día, como don gratuito recibimos de Dios. Gracias Margarita cuya sonrisa y alegría ante el crudo dolor nos daba siempre la esperanza de días prósperos. Gracias; tan
sólo un párrafo de gracias, en cuyo contenido se acoge el más profundo cariño y admiración. Que tu generosidad y entrega sean el camino y la fuerza para no abandonar. No un adiós, que es signo de
lejanía, pues por nuestra fe, por la comunión de los santos que rezamos en la profesión de fe estamos y estaremos siempre unidos; sino un ¡hasta el Cielo!