“El sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y dijo: ¡ha
blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de testigos. Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?. Respondieron ellos diciendo: ¡ Es reo de muerte!. Entonces se pusieron y abofetearle y otros a
golpearle”. Nos describe san Mateo en este pasaje.
Ya mucho antes, Jesús había sido condenado a muerte.
Buscaban una ocasión. Judas, les dio la ocasión, Judas les vendió la ocasión para prenderle. Le vendió por 30 monedas, y seguro que le hubieran dado más, si éste se lo hubiera pedido. 30 monedas
de oro, el precio de una traición. No necesitaban causa alguna, solamente tenerlo en sus manos, lo demás surgiría por sí solo. Cualquier palabra de Jesús, serviría para condenarlo. Presentaban
testigos falsos, pero Jesús callaba. Viendo esto, el Sumo Sacerdote tomó la palabra:
“¡te conjuro por Dios vivo, te conjuro que nos digas si
tu eres el Cristo, el Hijo de Dios. Respondió Jesús: Tu lo has dicho”. Ya no necesitaban más testigos. La declaración de Jesús era suficiente. Ya tenían el motivo para establecer el veredicto.
Ahora echar una parodia y ya tenían lo que estaban buscando. El sumo sacerdote rasga sus vestiduras “¡ Ha blasfemado!” dijo como gimiendo, con actitud teatral mostrando su indignación y declara
sacrilegio las palabras de Jesús. Jesús se declara Hijo de Dios.
Nosotros, leyendo este pasaje del Evangelio,
contemplamos la escena. Queremos actuar, queremos entrar en escena, pero no podemos, estamos como paralizados. No podemos entrar y ayudar a Señor. Salen de nuestros ojos lágrimas de impotencia,
pero también son lágrimas de culpa. Pues Jesús ha sido prendido y condenado por nuestros propios pecados. Ellos son el medio, nuestra la culpa de su sufrimiento y soledad. Nuestros pecados y los
de la humanidad le condenan a muerte.
¡Jesús esta sólo!. Tanto que le hemos acompañado durante
su vida pública, tanto que le hemos visto hacer el bien, sanar enfermos, resucitar muertos, hablar con ternura a las gentes, le hemos dejado solo. Solo ante las gentes que le odian, gentes que
por soberbia no le quieren reconocer, gentes que ven como el pueblo le recibió con vítores y palmas en su entrada a Jerusalén, gentes que han comprobado el cariño que tienen a Jesús. Nosotros
también gritamos ¡Gloria al Hijo de David!, con el corazón lleno de alegría.
“¡Reo es de muerte!” gritan. Ahora veo mis pecados. Mi
culpa también grita contra Jesús. Ahora me saltan lágrimas de amargura y de culpa. ¡Perdóname Señor!, el beso de Judas, también fue beso mío, los gritos de la turba enfurecida, también fueron
gritos míos. Mis pecados y traiciones estaban allí. ¡Perdóname Señor! Ayúdame a volver a Ti, quiero ser inmensamente tuyo. Perdóname mis pecados, mis traiciones y mis abandonos, perdona que mi
amistad se rompiera por causa de mis pecados.
Jesús es agredido, insultado, maltratado. Pero Él
perdona cada acción. “Padre perdónales, no saben lo que hacen”. Si con el pecado, nos diéramos cuenta de lo que hacemos, cambiaríamos. ¡Ojala, Señor, desde este momento cambiara mi vida hacia
Ti!
Jesús está solo, como tantas veces está solo en el
sagrario. De vez en cuando pasamos; pero no es suficiente. Sigue sólo. Si nos diéramos cuenta cuanto le agrada nuestra compañía, cuanto le agrada dialogar con nosotros, nuestra compañía. Quien
más quien menos ha experimentado la soledad. Jesús la experimenta cada día y la experimentó ante el Sanedrín. Aunque sea un Hola, Señor aquí estoy, vengo a verte, a decirte que te quiero, te
quiero intensamente. Inmensa es su alegría y la comparte con nosotros.
Mis pecados, mis traiciones, mis abandonos, llegan a
Jesús en forma de golpes, insultos, salivazos. Perdóname, Señor, tómame de tu mano y guíame al buen camino. Ayudame a rezar cada día,a acercarme a la Eucaristía y al Sacramento del Perdón, cuando
tega la desgracia de ofenderte. Mira Señor que ando perdido, que ando ciego, que no sé por donde voy.
La fiereza con la que descargan los golpes contra el
Señor, los golpes y los insultos, las burlas y las risas, hace pensar en la acción rabiosa del maligno. Derrotado en el desierto, derrotado en otras ocasiones, quiere venganza y aprovecha el
momento. Y hoy sigue su lucha contra Jesús, arrancando almas.
Perdona Señor, que he sido causa de tu sufrimiento y que
a pesar de haber sufrido cruelísima Pasión por mi, te he pagado con el pecado en lugar de con amor.
Tu que te hiciste uno de nosotros, para alcanzarnos la
amistad con Padre Dios, no te abri la puerta en Belén para daros cobijo a la Sagrada familia. “Y los suyos no le recibieron”. Te negué junto a Pedro, “¡No, no le conozco!”, y te deje solo ante el sanedrín y la turba que falsamente testificaba contra ti.
Me detengo en esta Primera Estación, para meditar sobre
mi vida, causa y motivo de tu prendimiento y condena a muerte. Quiero echar fuera mis pecados a través del Sacramento de la Penitencia. Perdona mis pecados, mis abandonos, mi soberbia. Contemplo
tu sufrimiento por mi causa y veo los golpes y burlas, que llevan el sello de cada uno de mis pecados. Y Tu me sigues queriendo, me sigues esperando a que aparezca en la lejanía, como el Padre
del Hijo prodigo.
Metámonos en esta Primera estación y veamos la soledad
de Cristo. El solo ante aquellas gentes que buscaba su muerte, veamos el odio del pecado de la humanidad. Ellos fueron el medio, pero fue nuestro pecado la causa del su martirio. Que Dios nos de
la gracia para no seguir siendo la causa de su padecimiento. Que caminemos por la senda de la santidad aborreciendo el pecado. Amemos a quien nos Ama y que por nosotros se entregó a la
muerte.
ADORAMOSTE CRISTO, Y TE
BENDECIMOS
PORQUE POR TU SANTA CRUZ, REDIMISTE AL
MUNDO